miércoles, 29 de marzo de 2023

La idea es más o menos así: cumplidos los 80 años, se comienzan a ver -o percibir-, en las concomitancias de las relaciones sociales, detrás de los límites de la familiaridad, solapadas, tácitas, diluidas en el umbral de lo real, ciertas presencias. Es un evento conocido por la cultura a la que el anciano pertenece, aunque nunca ratificado por la ciencia, las instituciones o el estado -pero tampoco negado-, sino promovido, más bien, en virtud de inquietantes mitologías urbanas, pseudo religiosas; secundarios e inhallables testigos cuyos testimonios se viralizan en las redes, noticias falsas y provisionales videos que, apenas visionados, son dados de baja de inmediato en los servicios de streaming públicos.

Arribada la octogenariedad, el sujeto es delicadamente intimidado por ciertos agentes intrascendentes y suaves, cuasi empáticos, que se mueven por aquí y por allí, siempre a una distancia de horizonte, al límite del espejismo, en la lontananza de la percepción. No obstante se sabe que han aparecido. De hecho, la misma incertidumbre de su existencia opera como confirmación irrefutable de su intromisión. Porque, merced a un atractivo inexplicable e irresistible que nadie a ciencia cierta sabe cómo se produce, en función de qué mecanismos se despliega, van revelando indicios de su propio estar, trazando sutilmente el dibujo, el mapa, los caminos de los vínculos que, obligadamente, los unirán al geronte.

Entonces, en cierto vórtice de tristeza anímica, cuando la entropía esboza sus primeras letras y la piel longeva queda ahí, como un papiro, escrita, se produce el contacto real. Y comienza la exiliación.

martes, 28 de marzo de 2023

Escribir un diario excluyéndose de sí, casi exiliado, en los márgenes del yo, testigo servil de impresiones propias que, al tiempo, son adheribles al resto, metafísica cohesiva, tragedia común, dolor de muelas, humanidad.

domingo, 26 de marzo de 2023

Dados los derroteros informativos a los que nos someten bots, cookies, algoritmos de e-commerce y otros dispositivos computacionales sutiles y poco censados por nuestro sentido práctico, raso, analógico, cotidiano y rutinario de la realidad, ayer me sorprendí con un artículo no sólo interesante, sino inquietante y propenso a despertar ideas de complot y paranoia. Redactado en inglés (y publicado en un dominio web con escasa actividad), el título original se traduciría así: “¿Podemos hackear nuestra salida del universo?”. Con el fin de evitar preámbulos innecesarios en éste diario inútil, transcribiré breves párrafos para dar una idea general del contenido y, de paso, dejarme agendados mis embates intelectuales de estos días: “El propósito de la vida -explica el texto- o, incluso, los recursos computacionales de la realidad base, no se pueden determinar desde dentro de la simulación, lo que resulta en que escapar sea un requisito necesario e indispensable para el progreso científico y filosófico de cualquier civilización simulada”.

El artículo tiene la estructura formal de un paper científico y una forzada pretensión de rigor, aunque parece escrito por seres alucinados y extravagantes, guiados por probables y lisérgicas aventuras químicas. Continúo con otro párrafo: “Cientos de eminentes académicos toman la hipótesis de la simulación lo suficientemente en serio como para invertir sus valiosos recursos en investigarla; por lo tanto, tiene mucho sentido aceptar la idea de escapar de la simulación con la misma seriedad; y dedicar tiempo e intelecto a escudriñar tal suposición, dados los inmensos beneficios que obtendríamos si el proyecto tiene éxito. Puede ser imposible escapar de una simulación en particular, pero aun así vale la pena explorar enfoques generales para huir de ella”.

Si bien me considero un tipo medianamente serio y anclado por voluntad propia en las movedizas tierras de la coherencia, reconozco que, en tanto me adentraba en la lectura, fue venciéndome una cierta belleza cyber-melancólica, dulcemente irracional, solapada entre los pasajes del texto, atravesada por pinceladas de ciencia dura y, a la vez, analogías audaces y poéticas. A medida que envejezco, me doy cuenta que las actividades de los hombres me enternecen, sobre todo si, en contra de lo que pudiera pensarse, no tienen que ver directamente con el amor o los afectos.

Por ejemplo: “si el escape exitoso va acompañado de la obtención del código fuente del universo, sería posible reparar el mundo en el nivel raíz. El imperativo hedonista puede lograrse plenamente dando como resultado un mundo libre de sufrimiento. Sin embargo, si la eliminación del dolor resulta inalcanzable a escala mundial, el escape mismo es un derecho ético del individuo en tanto elude la miseria de este mundo. Por otro lado, si la simulación se interpreta como un experimento sobre seres conscientes, no es un accionar ético y los sujetos de un ensayo tan cruel deberían tener la opción de retirarse de participar y, tal vez, incluso, exigir retribución por parte de los simuladores. En este sentido, el propósito de la vida misma podría enfocarse en escapar del mundo falso de la simulación hacia la realidad base, mientras se mejora el mundo simulado, eliminando todo martirio y ayudando a otros a obtener conocimiento genuino para escapar, si así lo desean. En última instancia, el agente simulado, si quiere dar valor a su existencia, debe trabajar para impactar positivamente en el mundo real, más luego en el simulado. Puede que estemos viviendo en una simulación, pero nuestro sufrimiento es real”.

Salvado lo anterior, la cuestión del escape se retoma una y otra vez y es la idea troncal del artículo: “el camino más fácil para huir -sigue- implicaría obtener ayuda de alguien del exterior (escape asistido); idealmente de uno o más de los simuladores que posean un conocimiento acabado del diseño de la simulación. Tal vez esto podría lograrse a través de un tipo de ataque de ingeniería social que, en nuestro caso, es particularmente difícil, ya que no tenemos conocimiento de la vida social fuera de la simulación ni un dispositivo para comunicarnos y, probablemente, ni siquiera el conocimiento del lenguaje apropiado. Puede ser factible participar en un intercambio acausal con los diseñadores de la simulación, evitando la necesidad de una comunicación directa. Si nuestra simulación está siendo observada podríamos, incluso, comunicar que sabemos que estamos siendo simulados y provocar empatía en virtud de nuestro sufrimiento, con la esperanza de reclutar algunos abolicionistas externos que nos ayuden a escapar de nuestra situación actual”.

Páginas adelante se esbozaban ideas de una audacia extraordinaria, como que, nuestros hipotéticos simuladores, podrían no ser necesariamente humanos, ni extraterrestres, sino instancias de inteligencias artificiales ensayando infinitos modelos de virtuales universos. Y que, tales simulaciones, para colmo, debían contemplar la posibilidad de considerarse anidadas, es decir, unas dentro de las otras, de forma tal que arribar a la primer capa o realidad base exigiría romper el código de infinidad de capas previas, con las consecuentes estrategias, derroteros y dificultades insalvables.

Pasé casi toda la noche frente a la pantalla, dándole vueltas al artículo, buscando referencias a las personas citadas, que eran varias, algunas de las cuales con cierto renombre en la comunidad científica internacional. Otras, para peor, dueñas de importantes compañías tecnológicas, magnates y brillantes emprendedores, con infinitos recursos económicos y técnicos para realizar cualquier clase de apoteósico proyecto.

Me fui a dormir con una inquietante sensación de inminente peligro, de extrema incertidumbre, casi como si, de uno a otro momento, algo horrible e impredecible pudiese producirse en mitad de la realidad.


miércoles, 22 de marzo de 2023

Ha pasado una semana. ¿Cuántos acontecimientos incensados del mundo se habrán producido en ese tiempo, privados de testigos, mínimos, anónimos, intangibles, expropiados de la fuerza o la intención suficiente como para ser vistos y empapados de memoria humana?

Vine a escribir algo pero me la pasé corrigiendo las entradas anteriores del diario, sobre todo la última. Y quedó peor que la original, la cual, para colmo, en virtud de mi vicio de la sobre escritura continua, del pavor que le tengo a lo provisional, ya es inhallable. Nunca hago versiones alternativas de nada, sólo grabo encima de la última, con una suerte de patética seguridad en lo que supongo definitivo. Tengo 57 años y aún no quiero asimilar que lo único seguro es el fin. El mío y el de todos ustedes.

miércoles, 15 de marzo de 2023

Básicamente, odio los libros en papel. Detesto todo documento impreso y me resulta muy violento que aún se sigan tallando palabras sobre la materia prima de la vida, podríamos decir, como la madera de los árboles o vegetales parecidos. Desconozco en detalle los procesos productivos, pero me parecen una hijadeputez. La gente dice que no es igual leer en una tablet que sobre una página impresa, porque no pueden marcar párrafos ni escribir anotaciones en los márgenes. Como hemos dicho antes acerca de los hombres: bichos feos; y agrego: petulantes y soberbios (aunque algunos pertenezcan a mi familia).

Yo, por el contrario, hace años desgrané mi amor por las bibliotecas y aboné la costumbre de leer sobre pantallas. Me he reeducado. Puedo hacerlo en el celular, en la tablet, en mi computadora del estudio y también en el portátil. Hay un sitio en internet que, literalmente, recopila, ordena y luego regala textos en formato .epub, uno de los más populares hoy día, para que los ávidos lectores como yo estemos permanentemente provistos de material literario con el que entretener nuestra inenarrable mediocridad intelectual. ¿Que regalar libros digitales viola las leyes de copyright y otras cuestiones comerciales por las que, aunque en una tajada infinitesimal en comparación con el porcentaje monetario recibido por los editores y editoriales, percibe el autor? ¡Sí! !Y me importa un cuerno! Soy un hombre corrupto y saturado de contradicciones. Y, aunque aliado del sistema financiero internacional que me permite hacerme de imprevistos morlacos en la bolsa de valores mientras me rasco un huevo, hay otra parte de mi que detesta los negocios, la avidez, los índices bursátiles, los cripto activos, la ganancia y el dinero efectivo en particular.

No quiero dar demasiadas explicaciones porque no soy nadie y además me sería imposible sostenerlas. Sólo diré que la idea de comercializar las copias digitales de cualquier bien que, en virtud de sus propiedades intrínsecas, pueda duplicarse infinitamente y sin ningún esfuerzo, es una estafa. Aquí entra el software de todo tipo, los sistemas operativos, los libros, fotografías, vídeos, aplicaciones celulares y demás. En rigor, no me opongo a que tengan un cierto valor, sólo que no puede estar regido por los mismos parámetros que fijan precios a otros productos concretos que requieren de un sistema productivo, industrial, humano y logístico que los ponga en el mercado real de bienes y servicios. Qué joder.

En definitiva, hoy estoy contento porque descargué la obra completa de un escritor alemán cuyos textos siempre han sido muy difíciles de localizar, tanto en papel como en bytes. Todo el circunloquio anterior para confesar sólo ésto.

lunes, 13 de marzo de 2023

Hoy tuve un sueño que pone de manifiesto mi total inhumanidad, si puede llamársele así (soretidad quedaría mejor), y echa por tierra cualquier hipotética simpatía que el eventual lector de éstas líneas pudiera estar edificando sobre mi persona. Si bien relatar sueños no es, según creo, un recurso interesante para incluir en un diario, éste me pinta de cuerpo entero y vale la pena atestiguarlo como prueba de mi mestizaje espiritual. Soñé que mi madre, ya muerta, había incluido en su testamento a una compañera de trabajo, una persona desconocida por mi hermana y por mí. De modo tal que debían compartirse los bienes que mamá nos dejaba con ésta eventual hija de puta que aparecía de la nada, al menos a nuestro conocimiento, situación que me generaba una violencia inaudita hacia ella, desproporcionada y, cosa interesante, un odio sobrehumano hacia mi madre, la cual, de algún modo, también era otra suerte de hija de puta, traidora y desleal. Debo anotar que, en virtud de cierta irracionalidad de los sueños, mi mamá aún estaba viva y, a la vez, muerta. Por lo cual, mediante esa clase de razonamiento onírico que permite el uso del absurdo como moneda de curso legal, yo debía asesinar a esa parte de mamá que aún vivía, antes que formalizara su desfavorable decisión.

Desperté con una angustia importante y demoré algunos minutos en censar el tranquilizador orden de cosas que, al menos en la realidad, me ubica como legítimo heredero y administrador del imperio de mi progenitora, dejando a mi hermana, dicho sea de paso, un papel secundario en toda la cuestión, dado que, además de vaga y cómoda, ha demostrado ser bastante inútil para todo lo que tenga que ver con las gestiones mundanas.

domingo, 12 de marzo de 2023

Escribir un diario es un ejercicio delicado, peligroso y casi nunca feliz. Porque, en última instancia, en el mejor de los casos, bajo la más virtuosa de las intenciones, no deja de ser un movimiento del ego, una trampa de nuestra desesperación por no ser registrados, ni siquiera como un silencio, en la inconmensurable partitura del universo.

¡Cuánto bicho feo y repetido hasta el horror que somos la humanidad! Si hacemos una panorámica existencial, una miríada de seres pretenciosos, sumergidos dentro de una sopa biológica en la que respiramos, cagamos y comemos. Odiamos la dependencia, nos espanta la interconexión, tener un adn parecido al de una vaca o, lo que es infinitamente más repugnante, idéntico al de un contrincante ideológico o político. Producto de interacciones, nos proclamamos únicos. Ciegos ante los otros, demandamos atención. ¡Camine a cucha, bicho feo!

Hace algunos años, un amigo científico, un físico cuántico, en medio de una conferencia sobre el CERN a la que había asistido no sin esfuerzo económico e infinita ansiedad intelectual, sufrió, de improviso, una estrambótica revelación: me contó que mientras presenciaba una de las disertaciones más relevantes del evento donde se exponía la cúspide teórica de los experimentos a los que se llevaría, en breve, al acelerador de partículas, un pensamiento lateral comenzó a interferirlo hasta secuestrar su atención: la certeza de que todo cuerpo humano, más allá de sus ocasionales proezas mentales, era un permanente productor de mierda. Y que ese contraste cruel entre materia y espíritu lo convertía en el más desgraciado de los seres, porque era capaz de habitar ambos extremos de la física y la metafísica sin poder sustraerse a ninguno de ellos. Y esa capacidad, esa hibridez, era, a su vez, inexpugnable vergüenza, horrorosa esclavitud.

jueves, 2 de marzo de 2023

Ya no utilizo el transporte público de pasajeros. Luego de un período de varios meses en que un percance mecánico me privó de mi automóvil anterior, he regresado al aislamiento confortable del coche nuevo. Hedonista exaltación de la soledad que discurre en movimiento. Y así me he recortado del subrepticio contacto físico de los cuerpos que avanzan apelmazados en el bus. Y del metafísico: esa otra relación de perpetuo atestiguar las presencias ajenas: gestos, suspiros, miradas, expresiones. La mano torpe de un hombre aferrándose al pasamanos durante una frenada imprevista. El rodete apresurado de una chica medio dormida. La difusa profusión de fatigados desodorantes y perfumes baratos. Una tos. Un gemido reprimido. O esa queja implícita, expresada en el cansancio general del común racimo de los ojos. Todo aquello que se da y nunca más ha de decirse de nuevo. Una estrofa perdida, única, balbuceada por eventuales piezas del universo. Y la imposibilidad de atestiguarla a causa de mi ausencia. Siento que en cada acto humano hay, encriptada, la clave de una belleza, una célula de amor. Y sé que existe pero no puedo encontrarla más que en mi inquietud y una como confusa sospecha. Por estar aquí, pienso, cuánto me pierdo de allí. ¡Lo que daría para expresarlo mejor, poder escribirlo con más ternura y delicadeza! Pero no sale. No puedo. Se disuelven mis pensamientos, regresan como gotitas de lluvia del cielo de mi intención al insondable océano mental dónde se ahogan de nuevo.