“Más arriba había un dios con vértigo,
a millones de años luz del suelo.”
CARTA ATADA A UN PERRO CAÍDO DEL CIELO.
"a mis eternos amigos Edgar y Franz"
(y a mi hijo del corazón Ulises Ferro, que desempolvó ésta historia)
Estimada Señora Presidente de la Sociedad Astronómica Nacional.
De mi mayor consideración:
Si le escribo estas líneas en medio de su viaje es para excusarle los motivos de mi forzado retiro de las filas de nuestra querida Institución.
No obstante, considerando los desagradables hechos que el destino me tuvo reservados —hechos que supieron aguardar el instante mismo de su partida para desencadenarse con insoportable devoción— me es harto difícil detallar a usted los pormenores del asunto. Razones de pudor, sumadas a la extrema delicadeza que siempre a resguardado a su persona y cultura, son las más importantes barreras que mi inteligencia debe franquear para encontrar así, de lleno y expeditivamente, la adecuada retórica que explique el inconcebible flagelo físico y metafísico al cual fui sometido sin la menor misericordia de la Señora Desgracia.
Los hechos que voy a narrarle son, desde cualquier punto de vista, desopilantes. El escaso tiempo que dispongo y una serie de torpezas concatenadas me están arrojando ahora a un desenlace aterrador. Sin embargo, apelando en usted al recuerdo honorable que estoy seguro de mí guarda, intentaré una aproximación de la crónica, al menos, para que su generosa compasión se apiade de mi inexpugnable destino.
Como usted muy bien sabe, alrededor del año 1600, un tal Kepler formuló las leyes —que llevan su nombre— referidas al movimiento de los planetas. Newton, más tarde, las demostró científicamente mediante el descubrimiento de la ley de gravitación universal. Y de aquí, entre muchas otras revelaciones de la ciencia física, se vislumbró la explicación por la cual todo cuerpo tiende a dirigirse al centro de la Tierra.
En rigor, mientras una fuerza inversa no lo impida, los objetos sólidos tienden a caer, en tanto los gases, por el contrario, se diluyen en el medio que los contiene, disgregándose al fin. Si usted, pongamos por caso, liberara un gas en cierto líquido cuyas paredes fuesen lo suficientemente blandas como para ceder a la presión, dicho gas adoptaría una forma esférica —tal es el caso de las burbujas bajo el agua—, ascendiendo de inmediato a la superficie. Y hasta aquí mi exposición es clara, simple, llana, convencional y comprensible.
Se preguntará usted, persona irreprochablemente digna de respeto académico, Presidente de la Sociedad Astronómica más importante del país, por qué yo, el Vicepresidente, tan letrado como usted en semejantes materias, le recuerdo, pedagogía mediante, los principios elementales de la Ley de Gravedad. La respuesta que he de darle es imposible: pues bien, porque tales principios, en mi experiencia, ¡no se cumplen!
Pero, ¿cómo?; ¡Qué dice, qué dice! A sabiendas del respeto intelectual con el que siempre me ha exaltado, Señora Presidente, imagino que a esta altura de mi carta estará desconcertada, temiendo por mi coherencia. No la culpo; y quisiera adelantarle que, pese a considerarme víctima de lo que, provisionalmente, podríamos llamar un evento local desconcertante, particular e inaudito, mis facultades mentales aún resisten los embates del delirio, por lo cual le garantizo cierta esmerada lucidez.
En efecto, en contraposición a los mandatos de la Madre Física, diré que la primera fase de este evento se obstinó en el descrédito de tales leyes, sumiéndome en una profunda perplejidad que arrebató de mí todas las responsabilidades mundanas, alienándome en la observancia de estos nuevos mecanismos apócrifos y heréticos.
(texto tachado): ¡Oh, señora Presidente, inmaculada mujer extraordinaria, geómetra del arte, curadora del Saber: conmisérese de mí y excúseme los esperpentos lingüísticos que hoy hunden mi pluma en éstos cenagosos acontecimientos! He aquí, pues, los hechos:
Durante varias horas me obligué a contemplar, inmerso en la bañera del toilette de mi departamento, emulando al más perfecto imbécil, hipnotizado, cooptado por los efectos de un asombro infantil, cómo aquellos gases fortuitos —ventosidades que, fisiología mediante, son expelidas por el ano en instancias de pudorosa intimidad—, se desplazaban en dirección contraria a la habitual, es decir, no ascendían a la superficie del agua, sino que discurrían en sentido o dirección contrarios, esto es, hacia abajo. La primera constatación fue por completo casual, dado que no soy afecto a censar cada una de mis excrecencias —gaseosas o no—, atribuyendo la visión a un objeto de tocador caído por accidente dentro de la bañera, siendo esta presunción más amiga de la probabilidad que de la excepción inusitada. Sin embargo, un examen detenido a través del agua me confirmó que aquellas cosas no eran artilugios de perfumería —ni tampoco sólidas —; y que, al intentar asirlas con las manos, huían al trabajo de mis dedos, impidiéndoseme cautivarlas de forma ninguna.
Transcurrido otro tiempo que ya no me es preciso mensurar (en el cual expelí nuevos gases que confirmasen la abstrusa rareza), decidí desagotar la bañera y ver qué sucedía con lo que parecía ser un grupo de burbujas amotinadas en el fondo. El resultado me inquietó: permanecieron allí, evacuados los líquidos, resistiéndose al desaguadero, con una sutil impertinencia de existencia y emancipación.
Adivinará usted, estimada Presidente, si le es posible aún configurar la escena, la tremenda magnitud de mi sorpresa, al punto de quedar allí estancado, en el interior de la bañera, mientras escrutaba aquellas excentricidades, víctima de elucubraciones que suscitarían la risa.
Empero, una propiedad a destacar era la obstinada resistencia que estos globitos ejercían a la azarosa presión de mis dedos: no se dividían, como suele suceder con las burbujas de jabón o detergente, sino que adoptaban las formas más complejas que jamás he visto, geometrías que —intuí— de algún modo oculto las favorecían, conservando la unidad. Sirviéndome de aquellos enseres o utensilios que generalmente abundan en el baño, como hojitas de afeitar, cepillos y frascos, continué la experimentación; pues pensé que estos objetos, al combinarse en el ataque a la burbuja bajo la imperiosa directiva de mis manos, ejercerían el suficiente consenso técnico para lograr su colapso. Sin embargo nada de ésto sucedió; por el contrario: pese a mis intentos, cierta persistencia de indivisibilidad parecía conferirles robustez y elasticidad, independencia y autarquía.
Para colmo, otra excentricidad llamóme pronto la atención: al entrechocarse, ciertas burbujas emitían un leve tintineo, agudo, limpio, como si su contorno fuese de cristal. ¿Vidrio flexible, viscoso?, pensé. ¡Imposible! Pero, sin embargo, así parecía. Permanecí subsumido en la infantil reiteración de ésta experiencia imbécil: comencé a impulsarlas en virtud de un golpe de dedo, tal cual el niño con sus clásicas bolitas. Probaba hacer hoyo en la rejilla de desagüe, y me asombraba —hoy me asombro de ese asombro— con qué extraña habilidad evitaban el agujero.
¿Por qué he jugado así en lugar de congregar a la razón, vestirme y meditar, ya instalado en el estudio de mi casa, sobre el extravagante nuevo orden de sucesos? No lo sé. Pero le aseguro que había en mí una irrefrenable tendencia a la idiotez, cierta sombría idea de colapso interior, de quiebre; y también, en simultáneo, la cartografía de un miedo sobre algo que sabía mío y que, a la vez, no me pertenecía.
Todo esto duró —y me avergüenzo al recordarlo— hasta que apresé una verdad que no había revisado, la cual arrojó a mis entendederas otros racimos de nuevas y oscuras alertas: ¡esas burbujas, grageas o lo que a estas alturas fuesen habían salido nada menos que de las entrañas de mi cuerpo! Semejante obviedad me produjo un pánico instantáneo que dudé al punto de moverme. Porque, ¿qué sucedería de estallarme una dentro de mis intestinos? Parecían resistir muy bien fuera pero, ¿qué tanto serían capaces dentro? ¡Dios mío!; y, ¿cuántas habría? La idea de estar colonizado por burbujitas de vidrio fue tan pavorosa que no pude reprimir una nueva serie de voluptuosas ventosidades. Además, considere usted mi generoso volumen ventricular: soy obeso, reconozcámoslo, evidencia que me permitió recrear en un brutal pantallazo imaginario los vastos, inmensos, inexplorados vericuetos viscerales en los cuales podrían ensalzarse libremente.
Con precauciones infinitas, pues, comencé a sopesar la posibilidad de incorporarme. Sin embargo, algo así como un caprichoso sentido del rigor me seguía conminando a comprobar la exacta resistencia que estas grageitas ofrecían a cualquier objeto sólido. Me encontré intentando asirlas con las manos, con la idea de arrojarlas, primero suave y luego, paulatinamente, en grados de mayor violencia, contra la superficie rígida del recipiente. Sin embargo rehuían el menor contacto, resbalando, adoptando diferentes formas y comportamientos, de modo que no tuve más remedio que abarcar un pequeño grupo con la palma de la mano, en posición perpendicular a la superficie en que se hallaban, arrastrándolas, en tanto las contenía, hasta los bordes superiores de la bañera. Pero la tarea resultaba inefectiva dadas sus propiedades: se escabullían, deslizándose sobre los pliegues de la piel, empecinándose en un estúpido vaivén desde un extremo a otro del sanitario, rebotando las veces en mi cuerpo, pero con una insistencia tan inusual, tan consciente, tan poco acorde a las leyes de la física, que daban la impresión de estar vivas. ¡Vivían, Señora Presidente! En un momento de arrebato, extraviada mi dignidad profesional, olvidado por completo de los posibles riesgos que corría, ¡comencé a dar patadas en todas direcciones, entre alaridos de angustia, como un hipopótamo desconcertado, intentando dar muerte a los pequeños monstruos!
Por alguna causa irreal, de pesadilla, esas cosas, después de rebotar copiosamente —aunque, tal vez, evaluándome como amenaza— se habían agrupado en el sector posterior o popa de la bañera, esto es, detrás mío, posición que me impedía contemplarlas de frente, obligándome a torcer mi tronco doloroso; sitio que, sin duda, estratégicamente, las beneficiaba a ellas, pues yo no podía asestarles ningún golpe directo.
Como comprenderá, me puse a llorar. Luego pensé en ahogarlas, pero el espontáneo recuerdo de que, en verdad, las había dado a luz bajo el agua, me convenció de que muy probablemente eran anfibias. Para colmo, en esa suerte de corrillo que habían constituido a mis espaldas, se golpeteaban unas a otras, a guisa imperceptible, acaso ensayando algún patrón lingüístico, acaso preparándome otra nueva celada.
De la inicial desesperación en que yacía, se enarboló en mí otro sentimiento, naciendo de los escombros de aquel, tal cual un gusano que despedaza su capullo: el miedo, la aprensión, la inconcebible certeza de ser la probeta de esos entes nuevos que yo expelía involuntariamente. ¡Oh, señora Presidente! Mi cerebro era un enjambre de incoherencias, se me impedía el menor proyecto de razón, pero no la astucia suficiente como para ignorar que muy pronto deberían nacer más; y que semejante instancia sería impostergable, pues, dígame, ¿cuánto puede un hombre negar su suciedad, camuflar el inexpugnable espíritu de la hez, esto es, retener sus flatulencias?
Recuerdo que de niño, un suplicio gemelo me embargaba al saberme enfermo de piojos. ¿Nunca sufrió usted ese sentimiento, mezcla de razón y terror, que asalta la mente cuando se es consciente de la propia pediculosis?: legiones de pequeños insectos nauseabundos, bárbaros, abocados a la perpetua reproducción, depositando liendres en cada milímetro cuadrado de la cabeza, a cada segundo de tiempo, confiriendo origen a un curioso infierno de colectivas atrocidades, de pronto beben la sangre, corrompen con sus punzantes ductos el sagrado torrente de la existencia. ¿Cómo se tolera esto? ¿Y sus heces? ¡Y qué hay de sus cadáveres! Un pequeño universo es cernido sobre nosotros tal cual el hombre se cierne sobre la Tierra. Y es tal revelación que nos paraliza al filo mismo del espanto, emparentándonos con ellos, la que nos sugiere acallar la vergüenza que de una u otra forma siempre se imprime en el mero hecho de existir. Pero, si ese es el horror que inspiran los piojos en el exterior de las cabezas, ¿qué clase de condena me esperaba a mí, quién albergaba esferas vivas dentro de su propio cuerpo?
Avanzadas las horas en el interior de la bañera, a medio congelar, jaqueado por incipientes dolores y magulladuras, juzgué propicio reflexionar en un lugar más seguro. Digo esto porque, inmediatamente después de mi segunda deposición, el pelotón expelido (ocho o nueve infantes burbujitas), pareció no concordar en ciertos puntos con la política oficial del primero. En alguna forma aún imposible de explicar, estos seres acusaban un comportamiento gregario pero muy territorial. Es decir: el grupo de la popa, que hasta entonces había mantenido una armonía notable entre sus secuaces, no pudo disimular su creciente irritación al descubrir la existencia de sus iguales advenedizos. Si bien yo no podía diferenciarlos (más allá de sus posicionamientos tácticos), ellos indudablemente sí, por lo que ambos clanes —no se me ocurre cómo clasificar la organización de esta especie—, sugerían a la vista del observador casual no pocas señales hostiles. Y esto se hizo evidente cuando, transcurrido un instante en el cual dos burbujas (una de cada bando) se acercaron a negociar —léase al verbo como el agitar intermitente de sus redondeces sobre la superficie del esmalte, esporádicas arremetidas recíprocas y una leve alteración en sus formas esferoides—, el fracaso evidente de aquellas conversaciones transformó mi bañera en un campo de batalla.
Comprenda usted, querida Presidente, que dichas contiendas no eran más (ni menos) que el violento arrojarse de unas grageas contra otras, a una velocidad y violencia dignas del proyectil, con lo cual yo quedaba transformado en un obstáculo de dimensiones importantísimas para el desarrollo de esa guerra. Me incorporé, cerré la mampara y huí hacia el comedor, donde transcurrí un tiempo valiosísimo entregado a un sopor similar al que probablemente padezcan las víctimas de estupefacientes...
¿Qué debía hacer? Por lo pronto, una vaga idea me tranquilizaba a medias: la certeza de que no podrían salir del baño hasta tanto yo concibiera un plan. ¡Un plan! ¡Qué vergüenza, qué iluso, qué trivialidad! Es que, lentamente, al haber abandonado físicamente el núcleo mismo del conflicto, el campo de batalla, comenzó a ganar más peso el bochorno de ser descubierto que la gravedad de mi situación. En rigor, de aquella exacerbada alarma por mi seguridad física sólo quedaban lejanos timbres; y todos mis sentidos se abocaban a tácitos, complejos y desquiciados proyectos de ocultación. ¡Si hubiese vislumbrado lo poco que importaría mi honor en las horas por venir! Pero ahí estaba, despatarrado en el sillón del estudio, como un leviatán pretencioso, ingeniando estratagemas para capturar esas cosas en algún táper de cocina; o bien sopesando la posibilidad de aislar acústicamente el baño para no alertar a los vecinos. En efecto, lo más relevante se había convertido en una cuestión de imagen, formal y estúpida. Y me mantuve en este atroz idiotismo hasta que advertí otro inmenso problema pasado por alto, tan evidente en sí mismo que experimenté deseos de clavarme un tenedor en el ojo: ¿dónde, pues, señora Presidente, iba yo desde ahora a defecar? Convendrá conmigo en que no podía hacerlo más que en mi baño por razones obvias. Pero, ¿cómo entrar ahí?; ¿y si, una vez dentro, me mancillaran a pelotazos? El recuerdo de que ciertas especies marinas se comen a sus progenitores (¡otra vez este asunto de familia!) me produjo no poca congoja. Después de todo, ¿no eran anfibias?; a estas alturas, cabía esperar cualquier aberración.
Resolví no usar el baño momentáneamente. Y mi corazón dio un vuelco cuando comprendí que aquel adverbio era provisional en el sentido más precario que pueda concedérsele, pues no sólo yo no podría usarlo, sino nadie. ¡Y ese nadie ahora estaba golpeando a mi puerta!; es decir, se convertía en una especie de todos, pues el señor Filipietro, el tan ponderado Divulgador de nuestra querida Asociación, era quién aguardaba en el palier del departamento.
Miré el reloj con una suerte de horror sagrado, propinándome cachetazos nerviosos en las mejillas, advirtiendo que había dilapidado toda la mañana en abstrusas elucubraciones inútiles, olvidado por completo de la cita con el Divulgador. ¡Ni siquiera tenía revisados los prometidos artículos para el próximo número de la Revista!
De alguna manera complicada y retorcida pensé que el problema del baño podría destruir, incluso, a la Asociación entera. Y estaba intentando atisbar la excusa menos sospechosa para despachar al Divulgador, cuando un suceso por demás inesperado me dejó perplejo: una vez efectuados los golpecitos en la puerta del departamento por parte de Filipietro, las grageas se calmaron en el acto, como si hubiesen sido llamadas a un nuevo orden de cosas, como si —y tuve la certeza inefable— quisiesen escuchar.
Ahora bien: ¿cómo iba yo a recibir abiertamente a este hombre en situación tan delicada?; ¿cómo me justificaría llegado el caso de un nuevo descontrol?; ¿y si quisiese ir al baño? El sentido común refrendaba postergar el encuentro, o bien realizarlo en otra parte.
Me acerqué lentamente a la puerta del baño, apoyando con precauciones infinitas el oído sobre ella: el silencio era total. Pero, ¿por qué?; ¿qué estarían haciendo?. Un recortado examen visual a través del ojo de la cerradura verificó que aún no habían cruzado la mampara. Esta nimiedad territorial terminó por conferirme una alegría estúpida, cierta percepción de intrepidez que al punto estuve de entrar a escobazos. Sin embargo, el Divulgador me aguardaba en el palier, y en tal instancia volvía a llamar.
Opté, pues, por advertirle mi presencia, suplicando a Filipietro que esperara unos minutos. Me vestí rápidamente y salí, muñido a una carpeta con apuntes y recortes, argumentando un frugal percance doméstico; y le propuse la reunión en un bar de las inmediaciones. Ya en el ascensor, creí percibir el repiqueteo de las bolas, acaso con más énfasis; “como mascotas que reprochan la ausencia de su dueño”, pensé; pero construí una hipócrita sonrisa y me arrojé a las digresiones de la charla profesional.
Esta excursión al mundo exterior, después de aquellas ingratas horas enajenadas, resultó una tregua extraordinaria para con la realidad. La gente, las calles, todo aparecía amable, benigno y cordial, desprovisto de los implícitos horrores que siempre nos atacan al tropezarnos con los hombres. Pensé que los criminales tendrían una impresión afín al abandonar sus teatros de vilezas, cuando caminando por los parques, o mirando el rostro de cualquier desconocido, comprenden que nada fundamental a cambiado; y que, pese a la sangre, los gritos y las mutilaciones recientes de sus víctimas, el mundo sigue gravitando con la misma terca impasibilidad en su sentido incomprensible.
Sea como fuera, me asistía una precisa, cálida, momentánea familiaridad. Quiero decir: el asunto de la bañera no se compaginaba con el bar, el aromático café que nos sirvieron, la cortesía del mozo y el condescendiente Filipietro. Aunque no lo parezca, el hecho social es una valiosa estrategia contra la locura. Tenía sobre la mesa los originales de la publicación y me sorprendí discutiendo acaloradamente los detalles menores del próximo número, decidiendo las páginas de los auspiciantes, el color y estilo de la tipografía. Por lo que despaché al Divulgador tranquila y sabiamente en una veintena de minutos, previo paquete de puntillosas indicaciones intrascendentes, muy típicas de mis mejores días.
No obstante mis artilugios de optimismo, el recuerdo de eso que yacía en mi baño parecía teñir el mediodía con una luz tóxica y crepuscular. Porque yo sabía algo que el resto de los hombres ignoraba; ¡yo era el responsable de sumar al universo algo repugnante que antes no existía! Pagué la cuenta y me dediqué a deambular por los alrededores de mi casa, yendo y viniendo, sin ton ni son, hasta tanto tomara una decisión concreta. Por lo pronto, esa extraña forma de vida —civilización fue la palabra que arriesgué— estaba a resguardo. Esto me apaciguó. Abrí mi carpeta de apuntes y anoté, a vuelo de pájaro, el arrebato de cuestiones que interceptaban mi mente:
"¿Qué comen?; ¿crecen?; ¿son anfibias?. Necesidad de hacer un censo; ¿reproducción?. ¿Por qué nacen?; ¿son ventosidades?; muerte por asfixia ¿Gamexane?; muerte por fuego. ¿Cómo se impulsan?; ¿vuelan?; ¿generan antigravedad?; calcular población por deposición (casi escribí parto) "
Luego advertí que tal colección de extravagancias conllevaríame necesariamente a un laberinto de presupuestos infinitos, pues era irrisorio que un hombre sensato, un científico, pudiese dejarse tentar por la investigación faraónica —casi literaria— que involucraban todas esas aberraciones intelectuales sin pies ni cabeza. Entendí que lo mejor y más urgente era dormir, descansar, anestesiar por algunas horas el dolor de la vigilia.
Minutos acaso, el pequeño lapso que demoré en arribar a mi departamento fueron los últimos periquetes que me quedaban de relativa estabilidad espiritual por el resto de mi existencia. De ahí en adelante todo se sucedió como un dominó de extravagancias, desesperación y vértigo …
Serían inútiles, insuficientes las palabras que explicasen el asombro, mi total imprevisión al llegar al palier y encontrarme con semejante samplegorio, Señora Presidente. En rigor, las pelotas —pues ya no sonaban como burbujas, grageas, bolas o bolitas— habían hallado un cierto sentido métrico con el cual rebotar, de modo que aquel preliminar barullo parecía haberse convertido en una especie de demoníaca batucada de brujos del Matto Grosso. Yo no entendía contra qué elementos se estrellaban para producir esos estruendos; ahora, de aquel primigenio "tiqui-taka" agudo, limpio y cristalino que detecté cuando nacieron, sólo quedaba la insistencia, el redoble esencial, siendo todo lo demás un batifondo muchísimo más grave, violento y colosal.
Naturalmente —pues era común que siempre apareciera ante la menor disrrupción del aburrido mapa de la mediocridad doméstica— el Portero yacía aguardándome en la puerta del departamento, rígido y delgado como un arbusto marchito; lo escoltaba su perro, un inmenso gran danés color negro azabache. Le aclaro que este can —debo detenerme en él puesto que el destino me lo tenía reservado, no se imagina usted para qué melancólica aventura— era lo que suele decirse un estúpido. Se llamaba Bobis, apelativo que bien puede brindarle una somera idea de su imbecilizada inteligencia. Para serle franco, no hacía nada, en el sentido de la más estricta utilidad, lo cual lo convertía en un perfecto estorbo, con la excepción de sus mordiscos, hincaduras que el animal propiciaba porque sí al más inofensivo de los consorcistas. Comprenderá que ni bien me pude acostumbrar al estruendo de las bolas ya tenía unos colmillos engarzados en la pantorrilla, cuestión que no sorprendió en nada al Portero, sino que, en lugar de asistirme con urgencia, o bien propiciarle una perentoria patada a su mascota, sólo permaneció impasible contemplando la escena, esgrimiendo un levísimo y subsónico "bueno Bobis, basta Bobis" tan imperceptible que era para dejar todo como estaba y mandarse a asesinar. La segunda mordida —un tijeretazo inenarrable en la nalga izquierda— hizo que cayera al suelo mi libreta de apuntes, apareciendo en un borde del papel la palabra "Gamexane", escrita con antelación por mí.
Un complicado sentido de la prioridad pareció indicarle al Portero que era más importante levantar y leer la página que quitarme de encima al cuadrúpedo. Mientras flujos lacerantes y cancelatorios de la más férrea voluntad se abrían paso por las ramificaciones nerviosas de mi glúteo, oí que el imbécil preguntaba, simulando una mirada de calibrada afectación:
—¿El señor tiene ratas?
¡Qué desprevenido fui, qué inconsecuente! La desesperación me impidió ver una excelente oportunidad de salvaguardar mi flagelo de los siempre espantosos ojos humanos. En lugar de responder afirmativamente, simulando que aquello, por más improbable que pareciera, era una legión de ratones paranoicos, solo atiné a negar con la cabeza como si se me acusase de la peor infamia.
—¡No se da cuenta que son sólo pelotas!— grité. Y al punto advertí que bajo esa exclamación previsora de mi higiene yacía también una tácita defensa reservada a aquellas deposiciones. ¡Qué espanto! Percibí un vínculo subcutáneo e invisible que, de ahora en más, me emparentaría con ellas para toda la eternidad. En tanto, un intenso nodo de aversión tabulaba mi mirada sobre el rostro del Portero, una de esas caras tan irritantes que ponen en duda la arquitectura del universo. Quise despacharme con alguna barbaridad, acribillarlo mediante una balacera de humillaciones alfabéticas, pero era tal mi estado emocional que, apenas lo intenté, un sonido agudo, cierto alarido aflautado y gutural, fue todo lo que escapó de mis fauces descompuestas.
En virtud de esa concatenación de malos entendidos o interpretaciones gestuales ambiguas, embebidos en momentos de tensión nerviosa, posturas y/o ademanes estrambóticos que lo empeoran todo muchísimo más, el hombre se asustó. En rigor, nos asustamos. Por mi parte, no podía aceptar que eso que sonaba fuese mi voz; y de inmediato ensayé, aún más vehementemente, la articulación de otros vocablos, torpes y defectuosos sinónimos, acción que no contribuyó sino para refrendar a un volúmen mayor mis rugidos de ultratumba. Entonces la situación se tornó tan extravagante que ambos comenzamos a gritar: el Portero temiendo por su seguridad o por su vida; y yo, por mi inquietante tara fonoaudiológica. Señora Presidente, carezco de diagnósticos precisos, pero le aseguro que mi apariencia de entonces habría sido tan irreal, o amenazante mi rostro, que el hombre no toleró por más tiempo mi presencia: dio un paso hacia atrás, se tropezó con el perro y quedó inconsciente, despatarrado como una bolsa de papas en el suelo del palier.
Permanecí gritando algunos segundos más. Luego comprendí la imbecilidad de este acto solitario, pues el nuevo cuadro de situación requería mi intervención inmediata con toda la potencia de mi intelecto.
Veamos: ¿qué podía hacer? En primer término, quitarme al perro de encima. La tarea fue fácil porque el idiota se había quedado dormido mordiéndome. Lo eché a un costado y continuó divagando en sus abstrusas ensoñaciones. Cuando fui por su dueño, un vago destello de intrepidez me sugirió su posible utilidad, al menos en el futuro inminente: en situaciones normales, este sujeto era tan maleable como barro de alfarero, es decir, podría manipularlo mediante cualquier gambeta. Ya pensaría después...
Al entrar en casa advertí la extraordinaria magnitud del escándalo y, debo confesarlo, un delicado olor a excremento —¿ventosidades de las ventosidades?—. No me dejé impresionar y arrastré los despojos del Portero al centro del living-comedor. El perro nos siguió, pese a mis amenazas y puntapiés. Lo dejé hacer mientras me instalaba en el sillón, presa de una insoportable fatiga, con el objeto de darle descanso a mis carnes y, desde luego, pensar.
Cerré los ojos para exiliar el espectáculo de mi desgracia. La mirada, señora Presidente, propone el universo, lo conjura, el cual, una vez sospechado, nos es dado padecer. Intenté hacer foco en los hechos inminentes, interiores, buscando su reverso intelectual, las razones que me habían arrojado a ésta realidad apócrifa y solitaria. Pero la mente iba a velocidades siderales, desbocada, en estampida. Apenas intuía una sospecha, cierta cohesión intelectual, los vientos invisibles de mi angustia lo arrasaban todo de nuevo. Sin embargo, detrás de las estructuras fallidas del pensamiento, como el resabio de un cálculo aberrante de mis torpes elucubraciones, destacaba la cifra de un denominador común que facturaba en mí toda la responsabilidad.
No voy a ocultarle que hacía casi diez horas que no evacuaba. Esto, en el sentido de los gases, quizá sea tolerable, ¡pero el orín! ¡El orín, señora Presidente! ¿Qué sabía yo de mi orín? ¡Nada! Y mientras repasaba el problema, un súbito estremecimiento me arrojó a un nuevo y desolado estadio de cercanas emergencias: ¡Las heces! Oh, ¡por Dios! Si los gases habían concebido todo esto, ¡qué no harían los soretes! Imagine la miríada de elucubraciones a las que me encomendé de inmediato. Comencé a maldecir (guturalmente, pues todavía no había recuperado el habla) y fui, con una desatinada valentía hasta la puerta del baño, ¡a exigir explicaciones!
Hacer ésto, como cualquier infante comedido hubiese anticipado y recomendado soslayar, solo enardeció a las pelotas. Para colmo, los diferentes impactos propinados ahí dentro daban a entender que estaban arrojándose contra el cielo raso, más luego hacia el suelo, en un inédito vaivén de velocidades alucinantes. Pero, ¿por qué?. Una súbita duda encarnó en mi consciencia: ¿y si fuese una forma de querer comunicarme algo inminente y fatal, ésto es, su único modo de hacerlo?
Decidí reanimar al Portero y contarle una suerte de verdad selectiva, pues estaba convencido de que esas defecciones mías ya no eran simples pelotas sino grandes balones de fútbol. Pero al regresar al comedor, un nuevo orden de cosas me dejó perplejo: el perro, en otra de sus taras cuadrúpedas, ¡masticaba dócilmente una oreja del Portero! Empecé a repartir patadas a lo loco; es decir, tanto al uno como al otro, pues ante mi sorpresa, intenté apaciguar la bestia y despertar al amo mediante idéntico proceso. Pero ese Bobis meneaba la cola, interpretando que todo se trataba de un juego y que mi brutal intercesión le hacía saber que morder era algo plausible y divertido. Seguí pateando a más no poder. Entonces advertí otro hecho insólito: las pelotas parecían interpretar los embates de mi ira detrás de la puerta del baño en virtud de un secreto y mutuo sincronismo, esto es, a cada patada mía, un rebotar suyo, lo cual, más allá del pavor de advertirlo, confería al tono general de la escena una extravagante ritmología circense; o de murga escatológica.
En seco, pues, quité mi voluntad de esfínter y me defequé irremisiblemente...
(texto tachado):
Si todavía está leyendo, estimada Presidente, sepa que me nefrega la integridad de mi alcurnia. A estas alturas —y podría aplicar al término un sentido literal— esas premuras que distraen a los hombres me tienen sin cuidado. El honor, la pulcritud, la dignidad, por ejemplo, son sólo algunos pasatiempos mediante los cuales nos resguardamos de nuestras propias inmundicias: “Buenos días, señorita Pina, ¿cómo le va? Disculpe la molestia, el doctor Perez Heredia, aún se encuentra defecando?” “Oh, sí, desde hace horas, pues hoy arribó al campus con un motín de heces jaqueándole las hemorroides”. “¿Un motín?” “Efectivamente, profesor. E imperioso. Son sesiones esporádicas en las que el doctor, en tanto gestiona sus detritos, redondea filosofías”. “Como no podría ser de otra manera”. “Pero el doctor Perez Heredia padece inenarrablemente. Sus desechos, puntiagudos y rebeldes —los he visto—, niegan su expresión al exterior. Lo torturan por dentro, se anclan a sus vísceras, interceptando, en virtud del dolor y el sufrimiento físicos, sus ideas más prodigiosas”. “Sin embargo, tal intercepción podría conferir cierta complejidad a sus teorías, o alguna belleza”. “Es cierto. Habría que ver cuánto párrafo ha sido medido, no por un punto y aparte que dispone profilácticamente los conceptos de una idea, sino merced a las cochinas y deletéreas urgencias del organismo”...
Sin embargo, si continúo esta carta es precisamente porque nada importa y sé que el mundo me ha estafado. Sólo un resabio de pudor hacia las luminarias de su espíritu, el reflejo del respeto que siempre le he guardado hacen dubitar mis trazos en estas páginas póstumas. Querida amiga, así es: cuando lleguen a sus manos yo habré muerto. Ignoro aún el modo, pero no crea que de todas las formas que vislumbro exista alguna menos espantosa: inanición, asfixia, vértigo.. no lo sé. Tampoco entiendo el patrón de las pelotas. ¿A dónde irán?.. ¿por qué se empecinan en llevarme lejos?
Ignoro el tiempo transcurrido luego de ese evento, Señora Presidente. Desperté (con dudas y cautelas, dado que no tenía la certeza de haberme desmayado) recostado boca arriba, sobre lo que parecía el suelo del living del departamento, maniatado, acechado por una nube extraña y blanquecina, allá arriba, en el cenit de mi percepción. Mientras mis ojos se acostumbraban a la crueldad de las distancias, advertí —no sin una especie de jocoso horror— que era la cara del Portero, quién se había enroscado una toalla alrededor de la cabeza (como un ridículo turbante) para contener la hemorragia de la oreja. Satisfecho, sonreía ante mi indefensión total.
Como la sé tolerante a la diversidad de mis metáforas, Señora Presidente, puedo decirle que me comprendí heredero de una desoladora orfandad al advertir que, para colmo, nuevas gaseosidades se organizaban al interior de mis boxers. Las interpretaba tactilmente, de la cintura para abajo, censándolas, como pulgarcitas peregrinaciones de refugiados que escaparan de un país devastado por la guerra. Así fue que comencé a bramar por enésima vez, ensayando, mientras tanto, ridículos movimientos laterales con toda la voluminosidad del cuerpo. Esta acción, lejos de desalentarlo, pareció divertir al Portero, quien me dijo, con la misma entonación con que solía hablarle al perro: "siempre supe que era loco". Y luego, extrayendo del bolsillo una especie de chapa de hojalata oxidada, chamuscada y obsoleta, agregó, con el ademán de quién esgrime un importante documento: "Policía Federal".
Me quedé duro, acalambrado por el asombro, contemplando aquella insignia fraudulenta (probablemente sustraída a los juguetes de un niño), en tanto el Portero, aprovechando la distracción, comenzó a llenarme la boca (que, ante la desopilancia de la escena, tenía abierta) con bollos improvisados de papel higiénico.
Como comprenderá, arremetí en una nueva serie de contorsiones inútiles, ultrajantes, dignas del mamut, tratando de romper las ataduras y hallar un sitio privado en donde deshacerme de aquellos vejámenes injustos, irremediables, que yo expelía; pero el cansancio cedió a la razón, la cual, muy pronto, dictaminó la inutilidad de todo proyecto de escape. No tuve más remedio que rendirme, cedido al destino, arrojado boca arriba sobre el suelo, calculando el tiempo que demoraría mi nueva ciudadanía interior en vulnerar las fronteras de mi ser, explicitando su existencia, pues notaba un amuchedumbramiento, a cada instante más marcado, que intentaría la huída a través del salvoconducto de mis piernas. Imaginé túneles oscuros, embotados pasadizos agobiantes definidos por la distancia claustrofóbica que separaba la piel del fémur de la tela de los pantalones; vi congregaciones abatidas huyendo hacia el confín lejano de un peroné remoto, acariciando una promesa de luz, un sol post pédico, un otro mundo, huérfano de mí, sobre el cual emanciparse.
Pero la actitud del Portero revivía mi desesperación: había comenzado a pasearse de un lado a otro del living comedor, una mano en la frente, otra en la cadera; y de vez en cuando exclamaba un extraño y alienado "¡a ver, a ver, a ver!", como si quisiera organizar sus pensamientos, o concebir algún tipo de plan. Cada tanto, al encontrarse nuestros ojos, o al advertir en mí una inquietud cualquiera, no dudaba en blandir aquella placa y repetir, agitando un dedo a guisa de amenaza, "Policía Federal".
Calculé que, a lo sumo, habría ocupado algún cargo menor en aquella institución de desvalidos intelectuales, celoso coleccionista de pretéritas credenciales caducas de tenor autoritario. No me importó. Después de todo, el lago de ignorancia en que se ahogaban sus ideas sería motivo suficiente para requerir mi pronta intervención. De modo que comencé a auscultarlo con esos ojos que usamos para la contemplación de ciertos esqueletos prehistóricos: una mezcla de asombro, impresión e inquietud de la cual esperaba obtener alguna ventaja.
Juntando valor, escupí el papel higiénico y lo increpé directamente:
—¿Usted sabe a lo que nos estamos enfrentando, pedazo de imbécil?— el Portero pareció más asombrado por la brutal esputada que por el sentido de aquella pregunta. Permaneció impasible al lado mío, luego extrajo otra vez su placa del bolsillo pero al punto la guardó, inseguro en su siguiente movimiento.
Ahora, Señora Presidente, era mi oportunidad:
—¡Escuche! —continué. Y de inmediato me di cuenta que las pelotas también prestaban atención; en rigor, hacían silencio, no habían rebotado desde mi despertar. Este descubrimiento me turbó, pero no perdí la calma.
—Oígame de una vez — proseguí enfáticamente —. De seguro usted aún no habrá abierto la puerta del baño; quiero decir: mientras yo me defecaba, en fin, en tanto duró mi ausentismo escatológico, estoy seguro, necesito creer que no habrá cometido la torpeza de abrir aquella puerta.— Una desatinada vaguedad en el rostro del Portero me sugirió, no obstante, que sí la había abierto. —¡Cómo! —grité, munido a cierta inercia histriónica— ¿Así que, sin más, sin consultar con nadie, mucho menos con su conciencia, sin reparar en la amenaza de esos.. animales, usted tuvo el tupé, el reprochable atrevimiento de ingresar al baño?
—Fui a buscar la toalla.— balbuceó.
—¡Ajá! —consentí con sorna. Y al punto tuve una súbita y genuina preocupación; como si del oscuro y complicado pozo de mis emociones, no obstante, surgiera una inquietud inconfesable y apócrifa:
—¡¿Y qué pasó con mis pelotas?!
Tamaña sorpresa me llevé cuando advertí que el Portero señalaba hacia un rincón del comedor, en un estado de abundante idiotez, alguna cosa moviéndose detrás de las cortinas. ¡Las había liberado, Señora Presidente! Me bastó una simple ojeada para censarlas por doquier; es decir, bajo la mesa, el bargueño, sobre la biblioteca (aquí saltaban alegremente a dúo) y el suelo. Reparé que habían crecido dramáticamente, parecían pelotas número cinco, otras eran tan grandes como globos de cumpleaños. El Portero, al comprenderme víctima de otra indisposición anímica, pero ahora —¿asustado, arrepentido?— con la idea de calmarme o de indicar que las pelotas no representaban el peligro que yo suponía, no tuvo mejor ocurrencia que patear una cualquiera, hecho que, inexplicablemente, despertó en sus compañeras cercanas idéntico deseo de retropropulsión.
Intenté disuadirlo con otra serie de alaridos incomprensibles. No obstante, las pelotas, en tanto rebotaban, se sucedían unas a otras, alineadas en el suelo, delante del Portero, esperando el puntapié que las volviera a catapultar. Así se inició un juego interminable de patadas y arrojes. Y era tal mi esfuerzo por librarme de las ataduras que asistí a otra deshonrosa deposición.
No se me ocurrió llamar al orden sino con estas palabras de urgencia:
—¡Atención que estoy pariendo!
El Portero torció su rostro hacía mí, con esa expresión ambigua —pero extremadamente vulgar— que ciertas personas brutas modelan en sus facciones cuando el conglomerado de realidad excede su capacidad de reflexión:
—¡Es que usted las suelta así!— se defendió. Y luego: —Además, se iba volando para arriba— hizo un gesto en el vacío, incierto, agitando las manos, simulando avioncitos. Me quedé duro, exiliado del lenguaje, entonces agregó: —porque se le subía la buzarda.
—¡Cómo! —atiné.
No puedo describirle la aversión que experimenté al escuchar las siguientes palabras: —Entonces le até al perro para que usted no se fuera por el balcón …
A partir de este punto, Señora Presidente, la realidad se transformó en un vasto Coliseo a cuyos gladiadores les habían prometido mi coherencia como premio. Un infierno que, por su inconcebible y atroz significado, devasta en un segundo la posibilidad de cualquier cielo. Yo no podía creer lo que escuchaba, en tanto, a medida que el Portero fue expandiéndose —como pudo, en general como un imbécil— en aquello que ocurrió cuando yo dormía, empecé a vislumbrar el desolador itinerario que tenía por delante, una suerte de borrador caótico de mochileros drogadictos.
En rigor, dadas las novedosas propiedades de mi vientre —el cual había adquirido una extraña independencia biológica, rompiendo cualquier idea de federalismo físico— todo lo descabellado de aquellas palabras quedaba irremisiblemente validado por la indiscutible evidencia de los hechos. Corroboré mi insoslayable volúmen ventricular: era un mediomundo insensato y pretencioso; no sé cómo explicarlo, pero tuve la certeza de que deseaba irse por su cuenta. Además, ¿cómo saber si yo era víctima de la enfermedad de las pelotas —del mismo modo que un hígado lo es de la cirrosis— o, en cambio, una extraña forma de irreverencia volitiva, ex profeso, esto es, el inicio de un motín al interior de mi cuerpo, en el cual, tarde o temprano, otros órganos hicieran lo propio, repugnados de constituirme?
Para colmo, en virtud de calladas aberraciones fisiológicas que por resquemores estéticos me abstendré de contabilizar, yo no daba abasto con la continua función de parir. De modo que las grageas infantes que se amotinaban en los suburbios interiores del ano con la pretenciosa avidez de nacer —y dado que este acto se desenvolvía con escasa celeridad—, no tenían más remedio que madurar en mis intestinos, lo cual, por otra parte, les confería el tiempo necesario para intentar, ahí dentro, sus primeros ensayos aeronáuticos.
El Portero —en un giro irreflexivo y maternal—, parecía haber aceptado el cuadro como una cuestión absolutamente formal, teniendo su participación algo así como un carácter de nodriza, un tono tutelar, mientras yo seguía expeliendo una pelota tras otra, como lo haría con sus huevos una paloma torcaza.
De vez en cuando, sumido en esa ridícula actividad muy propia de maestra jardinera, se detenía al punto, me miraba, y decía:
—¿Y dónde las vamos a poner?
Todo esto continuó hasta que el imbécil tuvo la brillante idea de variar el entretenimiento, trocándolo por la peligrosa diversión de perseguir pelotas para reventarlas. Esto, según él —no lo dijo así pero fue más o menos la idea general—, iba a disminuir la natalidad y, por consiguiente, incrementaría el espacio disponible para cobijar lo que ya era casi un ciento de balones excitados.
Se me permitirá recalcarle aquí, Señora Presidente, la imperiosa recomendación de evitar semejante experimento. A decir verdad, los contornos de estos seres parecen flexibles y en varios sentidos resistentes, pero no tanto como para soportar la punción ejercida —tal cual el caso que tuve oportunidad de presenciar— por un destornillador de electricista. En primer término, implotan. Es un fenómeno curioso pues parecen comprimirse, trocando sus esferas en atractivas geometrías indescifrables, menos euclídeas que fractales; empero, apenas se tiene conciencia de esto, se vislumbra un miasma amarillento, provisto de una densidad símil a la del fosgeno que, de a poco, va invadiendo el radio del agresor, hasta convertirse en un intolerable y fétido aroma a excremento. Los hedores más audaces que nariz humana haya subyugado quedan reducidos aquí, por simple comparación, a tenues reclamaciones de higiene: la víctima, inmediatamente asediada por el gas, no puede sino estarse quieta, acaso por comprender que aquello que huele es tan improbable, tan alejado del límite de cualquier abominación, que es más fuerte este asombro que la imperiosa necesidad de salir corriendo. Luego, en virtud de ese mecanismo psicológico que niega, en tanto lo peor ocurre, que tal cosa, justamente, pudiera estar ocurriendo, el sujeto dice: "no", intentando quitarse algo imaginario de la cara; es un "no" inocente, susurrado, primordial, recóndito, irremediable. El gesto, a su vez, se empecina en una refutación mímica, las manos sesgando el vacío, vertiginosas, como péndulos enloquecidos, condenadas a ignotas impugnaciones. En cuanto al Portero, ubicado frente a mi balcón, probablemente haya sido impresionado por la súbita rapidez con que se marchitaban unas plantas alcanzadas por el miasma, al punto de secarse en el acto. Luego, acaso suponiendo que su destino sería el mismo —o quizá dopado por la inapelable inhalación—, se arrojó con fervor al precipicio interno del edificio, rebotando varias veces en un toldo lejano.
Habido este sucinto resumen, querida Presidente, despojado de sentimentalismos y moralinas ortopédicas, sólo la conmino a respetar mis advertencias al tiempo que recalco mi delicada situación: estaba solo, atado a un perro bobo, huérfano de auxilio y amenazado por despojos propios. Asimismo, la muerte del Portero me arrojaba a un nuevo teatro de enigmáticos padecimientos, al cual se le sumaba mi debilitada voluntad.
Ahora bien: debo confesarle que demoré un tiempo precioso en comprender cabalmente estos últimos sucesos. Y que en algún instante postrero, acaso por haber inhalado —aunque más no fuera indirectamente— el intolerable miasma reinante, fui otra vez arrebatado de los brazos de Argos.
Tuve un sueño abstruso y doloroso: me llevaban a través de un vasto paisaje crepuscular, en algún tipo de vehículo, sobre una planicie agorafóbica de dimensiones estrambóticas e incalculables. Había, enclavadas una al lado de la otra (pero también por delante, por detrás, por todas partes) enormes piscinas olímpicas, separadas por callejuelas irregulares de barro húmedo y cenagoso. A medida que avanzábamos, un hedor nauseabundo comenzó a ganar presencia. Sentí, junto a la incipiente fetidez —sólida, filosa, categórica— la sospecha de una tácita reconvención o la inminencia de una verdad que se me iba a revelar y que yo, de antemano, rechazaba. Me sentía solo, apenas percibía cómo me transportaban, no obstante sabía que estaban conmigo, que me guiaban. Entonces vi el confín, la atroz unión horizontal del cielo y de la tierra como una soldadura que enclaustraba las inagotables posibilidades de mi pena. Se me hizo saber —no con palabras, sino merced a la modulación de aquellos hedores inmundos— que esas piscinas estaban repletas de excrementos. Y que una en particular, la que tenía delante, era mía. “Todo ésto has cagado”, escuché que me decían. Era la voz de mi madre muerta, estridente, autoritaria, nítida, como si estuviese propalando un enérgico comercial de televisión. Acepté su presencia con total naturalidad; de haber alguien con derecho a martirizarme, no tuve dudas que debía ser ella. Nos vi juntos —en esa forma onírica en la que uno se percibe en tercera persona, extranjero del cuerpo—, flanqueando la inmundicia, apercibiéndome de semejante responsabilidad. Comprendí que detrás de cada una de esas piletas, implícito —o poéticamente— yacía el ano de un hombre. Entonces mi madre agregó: “Es verdad”, interviniendo mis pensamientos. “Pero esos hombres, al contrario de tí, han honrado cada gramo de su mierda”.
Así desperté. El alma embadurnada en culpa. Perturbado por la sospecha de que no es la muerte sino las heces lo que nos define y condena. Advertí que el hedor del departamento era tanto más intolerable —y real— que el del sueño. No quiero extenderme en apreciaciones subjetivas acerca de la particular naturaleza de este olor, sólo diré que había en él como una firma propia y secreta, un mensaje cifrado, ontológico, casi criptográfico, un estigma tácito pero indeleble y repugnante que se refería a la esencia de mí mismo; y que era inexpugnable, indecoroso, sin posibilidad de redención. Yo estaba condenado, vaya a saber cómo, a cierta tragedia, ineludible, programada, predefinida, desde siempre.
Sin embargo, un segundo examen visual me hizo saber que ya no estaba en mi departamento y que el hedor espantoso no provenía de ninguna otra cosa más que de mí mismo. Para colmo, no encontraba objetos contra los que reposar, es decir, anclar mis carnes, referenciarme en el contexto. Por el contrario, una idea de vacío o de discurrir placentario, antigravitatorio, comenzó a cobrar forma en mi percepción, como si estuviese disipado en un espacio inverosímil: había poca luz, percibí nebulosos vértices en fuga, ángulos incomprensibles, giratorios y caleidoscópicos, entidades inmensas contra las cuales, inminentemente, podría colisionar. Pero aún no hacía pie —ni foco— en nada físico o intelectual. Yacía a la deriva, arrojado. No obstante, detrás de esa sensación de liviandad etérea, pronto apareció un pesado contrapunto doloroso, la impresión de que nuevas conflagraciones orgánicas, al margen de mí, tomaban posiciones antagónicas: mi vientre, por ejemplo, en alianza con sus vísceras, preponderaba hacia el cielo. Mi pierna derecha, en cambio, hurgaba un vacío abisal que, estaba seguro, se auguraba debajo mio. Entonces divisé la superficie cuadrangular, paralelepípeda, abstrusa de una terraza. Y la figura humana de una mujer que, conciliada a un mate, despatarrada en una reposera amarilla, me descubría interfiriendo su cielo. Pétrea, congelada en lo que imaginé una fotografía aérea de la ciudad —como la de ciertas tarjetas postales—, el discurrir de sus labios me fue vedado, mas no el sonido inapelable de su voz. “Onofre”, dijo, impávida, alienada por el hallazgo, “vení rápido, hay un gordo que vuela”.
Hubo un tiempo de proceso, de análisis, de conjetura y refutación, de culpa y autocondena. Mientras eso ocurría, acaso, en otro sustrato de mi mente, como esos ajedrecistas que son capaces de resolver, en simultáneo, varios problemas estancos, una calma contemplativa apareció, excluida de su fuente, escéptica del drama, cercenada de los hechos. Ahí arriba, flotando en el vacío, disputado por dos fuerzas contrapuestas que, equilibradas, ponían en cero mi peso y gravedad —el ancla canina aferrada a una pierna; el vientre colonizado, como un zeppelin empecinado, con proa en altitud—, yo derivaba solo, neutro, mudo, apenas definido en el aire por la luz marchita del atardecer. Según el ángulo y la posición en la que me arrojaba el viento —y, ahora lo advertía, también el incesante patalear del perro en el vacío que, para complicar aún más las cosas, me hacía girar sobre mi propio eje horizontal, como una especie de trompo ladeado— era testigo singular de las perversas perspectivas del mundo. Hay algo en lo aéreo que debería ser proscrito; o determinados rangos dentro de los cuales se hiciera intolerable observar. Porque antes que la mujer del mate sentada en la reposera amarilla —y de Onofre, el conjetural marido que, ya presente en la terraza, aunado a un implemento de pesca, intentaba arponearme en altura— se adhería al panorama una capa primigenia de melancolía. No es que todo fuese tristeza, sólo que era mayoritaria. Existía más fealdad. Lo inhóspito se inscribía a sí mismo. Y si bien el contraste es el principio que revela y define los opuestos, se hacía evidente que la belleza del mundo había claudicado; o estaba en fuga, escasa, vencida, en algún otro lugar.
Así fui surcando un espacio y un tiempo inmensurables, sólo interpelados por autoritarios amotinamientos de dolor físico. Había ido desterrando mi cuerpo a una suerte de teórica deriva, abstracta y lejana, como una patria que se abandona de niño. En efecto, deducía mis límites carnales del mismo modo que un cartógrafo lo haría con las fronteras de un país fallido. Sin embargo, a veces, en alguna maniobra azarosa en la que aquellas fuerzas en pugna zozobraban, rozaba probables techumbres melancólicas, azoteas súbitas que aguijoneaban mi percepción; entonces manoteaba —aún atado, con las manos por delante— un caño furtivo, un poste, la intuición de cierta antena colectiva; censaba superficies de hipotéticas cornisas y huidizas medianeras, objetos vertiginosos, apremiantes que, para colmo, eran solapados por la perspicacia del inminente anochecer. Hubo un momento en el que el perro vino a mí, enredado en la correa a la que el Portero nos había condenado; y en ese choque garabático caímos en lo que parecía el patio de un colegio. Ahora, mientras le escribo —ante esa imágen—, adivino una sonrisa corrompiendo mis labios: híbridos morfológicos, en picada, recortados bajo el resabio de una luz crepuscular; como un abstruso artefacto inconciliable, nuestra estrafalaria simbiosis reconfiguraba un otro ser desopilante, sin fundamento ni razón. Porque mientras intentaba asirme a las salientes difusas del terreno, nuevas hipóstasis imponían a mi cuerpo jurisdicciones inéditas: patas, pezuñas, el humedal repugnante de una lengua mimosa. Y en esa existencia dual, híbrida que componíamos, por fin nos incrustamos contra una montaña de valijas, bolsos o mochilas. Entonces capturé éste cuaderno en el que escribo. Y una gaseosa tibia y nauseabunda, acaso intervenida por conjeturales babosidades de la boca de un niño. Ya con certeza absoluta puedo decirle que esa terraza fue mi último contacto con el suelo del mundo.
(hojas perdidas)
Hay tantas razones para no escribir, tantas para quedarse mudo. Ser consciente es un acto de silencio, de sorpresa, de expectación. Entonces, ¿por qué lo hago? Recuerdo haber atestiguado bellezas que nunca supe contar: más tarde, cuando llegue el momento, pensé. Y ahora apenas queda un tiempo mortecino, avaro, sólo para morir.
Creo que voy al sur. Hay un frío marino, atlántico —como otra dimensión del dolor—, invocado por el viento que lo precede. Hay también una humedad insidiosa y melancólica, vaporizada, de ola que rompe en ancestrales mocedades, que va y que viene como el miedo sobre la piel. Entretanto, una sutil gradiente me aleja de la superficie.
Hoy ví, allí abajo, una miríada de seres que me persiguen. Se desplazan en manada sobre lo que parece una ruta de provincias, gregarios, consustanciados en la contemplación de mi deriva. Alzan pancartas, carteles que no alcanzo a leer. Chiflan. Me intimidan con sus gritos. Hace un rato, recibí impactos de lo que supongo fuegos de artificio. Seguramente continuarán con piedras. O tiros. Vistos así, con la microscopía que confiere la distancia, me resultan inesperados, hostiles, extranjeros, una amenaza inapelable, como las grageas en la bañera.
El mundo es ignorancia. No hay odio. Pero tampoco amor.