viernes, 8 de diciembre de 2023

Desde febrero, un día después del cumpleaños de mamá -y a cinco meses de su muerte-, comencé con este diario; y, casualmente o no, en virtud de sentimientos referidos a ella: culpa, abandono, desamor, indiferencia. Siempre había pensado que su ausencia me iba a resultar tremenda e inabordable. Pero no. Se murió y ese agujero que dejó en mí se fusionó con aquel otro más grande, previo, que yo tenía: un vacío con nuevas pesadumbres que, no obstante, combinadas, como una fortuita receta, enmascararon el dolor. 

Recuerdo esa época apretada de gestiones y surtidas burocracias. Todo en medio de mi incipiente crisis matrimonial, de una mudanza en solitario a la que no me habituaba, de tensiones laborales que aumentaban mi desazón. Al poco tiempo me aboqué a administrar sus cosas. Algunas propiedades semi abandonadas, otras plagadas de incertidumbres impositivas, las más prolijas, arrendadas a inquilinos desatendidos, recelosos de mi imprevista presencia. Fueron meses pragmáticos y antipoéticos. Visité escribanías, rehice contratos, pagué multas y renegocié impuestos. Luego tuve que enfrentar al monstruo mayor: su departamento. Un mausoleo inabarcable, conmemorado por miríadas de objetos que atestiguaban una larguísima vida consagrada a reunirlos: álbumes de fotos, premios, estatuillas -fue una mujer relativamente famosa-, souvenirs de viajes; oscuros y enormes cuadros al óleo. VHS 's confusamente catalogados, etiquetados con los nombres de sus programas y noticieros; otros, incluso, vírgenes de contenido, nuevos en su obsolescencia, cerrados al vacío con celofán transparente. Por cada centímetro cuadrado de su vasto living, un adorno, un platito, inconcebibles miniaturas de lugares o edificios célebres defendían su espacio, subrayando excentricidades y la postrera persistencia de su ego. Hubieron días, los primeros, en los que, simplemente, me paraba en medio de todo ese universo y permanecía estático, quieto, petrificado sin saber qué hacer, por dónde empezar; o si saltar del piso 14 y mandar todo al infierno. 

Contar los hechos una vez sucedidos, ya cristalizados en la pizarra boba del pasado, suele dar un espacio de perspectiva, un tiempo de anestesia, cierta profilaxis que sana y promueve la acción de narrar. Desarmar la vida de mamá, desbiografiarla, desandar el camino de su materialidad casi infinita ha sido, para mí, no obstante, una afección sin remedio. Aún veo todo aquel inventario incoherente de objetos desbordando cajones, atiborrados en placares, desdeñados en bauleras, cada cual adherido a momentos de una vida que me costaba atestiguar, como cimientos de una construcción subterránea de la cual yo, apenas, había sido explorador de superficie. En tanto censaba los bienes que irremisiblemente ella me heredaba -obligada por la muerte, no por generosidad-, el universo de mi madre se me representaba como un estrafalario aparato del cual nadie me había dicho nunca con certeza para qué servía, qué hacía, dónde estaba el manual. 

De otras muy pocas enseñanzas, conservo el vago recuerdo de ella explicándome una lección para la escuela, una anacrónica noche de mocedad, sobre las líneas paralelas. “Nunca se cruzan” me decía, “aunque, en algún lejano momento del infinito, quién sabe, puede que sí”. Eso fuimos con mamá: líneas, seres paralelos, emparentados por el espacio que nos separó. Con una nimia probabilidad de encontrarnos a futuro. Infinito aparte. 

lunes, 4 de diciembre de 2023

Hay un vértigo interior. Como si mi alma fuese el borde de un acantilado infinito desde el cual censo mi propia vacuidad, la nada misma y voraz a la que he arrojado proyectos, ideas, amigos y familia. Durante toda mi vida. Sistemáticamente. Eso es todo por hoy.

sábado, 2 de diciembre de 2023

Blogger como ciudadela de casas abandonadas y abiertas: arcaicas construcciones sin vandalismos ni entropías. Dueños huidos e inhallables, autores fugaces; estos sí, por contraste o por revancha, desgastados, agotados, devenidos, acaso muertos. Cedidos quedaron el ciberespacio como gramática, asciianos enseres alfabéticos; indexadas prosas enlozadas, provisionales cimientos digitales de su pretérito universo:

"El otro día se ve que andaba medio nostálgica y me pareció que toda la música del mundo se refería a amores perdidos. Cada acorde, cada cuerda, cada gemido, hasta el tamborileo más básico, me parecía que todo hablaba de eso. Entonces me imaginé la enormidad física del asunto. Las toneladas de cuerpos ausentes que significa eso. Montañas y montañas de cuerpos extrañados aplastando el planeta." (doctorakaiten.blogspot.com)

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viernes, 1 de diciembre de 2023

Tanto cuando escucha como cuando lee, la gente todavía está muy encerrada en los contenidos. Juzga un texto por los contenidos. A veces incluso por los sonidos, por la combinación de palabras. Cuando alguien dice “me gustó mucho tu texto en la parte que decís tal cosa”, quiere decir que el texto no está bien, pero destaca algo que sobresalió, algo que fue pensado o salió por casualidad con una forma especialmente afortunada, que se despega del contexto, y que en cierto modo es un parche, una cosa fallida dentro del texto general. Entonces se rescata “al menos” eso. 

La gente presta atención a los contenidos, a los argumentos, a las afortunadas combinaciones de palabras, incluso a las ingeniosidades, que no tienen nada que ver con la literatura. Lo único que importa en literatura es el estilo. Una vez que se alcanzó eso se puede decir lo que quieras. Cualquier narración, cualquier cosa que pongas va a estar bien, se va ajustar perfectamente con lo que estás expresando. Puede ser algo desagradable, o nada edificante, pero ése sos vos, un ser único. El estilo personal es imposible de alcanzar con oficio. No hay oficio que lo pueda conseguir.

Mario Levrero. (bit.ly/3N4uZcH) revista ñ.
Mario Levrero x Daniel Mella: (bit.ly/4acJ7KW) audio.