Ese auto que me compré parece un karting. No me gusta tanto como creí. Tiene un motor demasiado chico. En el concesionario me explicaron que es muy comprimido. Pero en rigor, es una excusa de miserable, como esa gente que agrega soda a una bebida cola y asegura que así sabe mejor y hace menos daño. En fin, no es que uno sea un piloto de Turismo Carretera, pero a la tecnología también se le debe arte, buen gusto, estética y belleza aplicados. Debidas proporciones. Ahora comprendo que, por haber elegido un auto económico, lo que adquirí fue un auto de pobre. Y los pobres, ya se sabe, no tienen tiempo para admirar la poesía que desborda al pragmatismo de la supervivencia. Sólo pasan de la urgencia a la emergencia, o al revés. Necesitan resolver sin comprender. En cámara rápida. Porque hay en el mundo un dispositivo muy bien aceitado para despojarlos a cada instante de lo poco que tienen. Y una industria que los abastece cada vez con bienes más privados de lo esencial, de lo básico, corriendo el límite de lo imprescindible a horizontes insultantes. ¡Y más caros! Como automóviles con motores de karting, pongamos mi ejemplo.
domingo, 26 de febrero de 2023
viernes, 24 de febrero de 2023
Viernes. Me entregan mi auto nuevo. En teoría. Y si no es hoy, será el próximo lunes. El hecho no reviste ninguna importancia literaria, pero aleja la muerte y su guadaña, la relativiza. El capitalismo y su anestesia ontológica. Por eso funciona.
jueves, 23 de febrero de 2023
Hoy estoy leyendo a otros. Lo hago en mi celular, pues hace tiempo decidí regalar mi biblioteca de papel. En la última mudanza, mi hijastro se llevó casi todos los libros a su casa, con una avidez admirable por el conocimiento físico-analógico que produce la imprenta y sus dérmicas complacencias. No es que yo sea estrictamente ecologista, aunque me he dado cuenta que abogo por una cierta postergación de la catástrofe humana a través de mínimos gestos en favor del medio ambiente. Creo que más que ecologista, uno es alguien que intenta pasar lo más desapercibido posible al enojo del universo.
miércoles, 22 de febrero de 2023
Tengo la costumbre de poner frases célebres en boca de mi difunto abuelo. Les digo a mis amigos, con cierta burlona afectación, en mitad de una charla cualquiera: usen las palabras como si costasen dinero. Y de alguna forma, cada vez que suelto un aforismo, ellos suponen que es de él. Y así he construido, lenta y sutilmente, una imagen ideal -aunque falsa- de mi abuelo en la mente de los otros, un personaje sereno, sabio, amante de los libros y proclive a la melancolía, un papá bondadoso y ficticio que nunca pude tener. Con los próceres y héroes de la patria, los historiadores quizás hagan algo así.
Pensando en próceres y patrias, me he propuesto, en lo posible, narrar evitando nombres propios, sin referencias a ningún ícono del mundo. Porque cada vez que nombramos, hacemos un sutil ejercicio egocentrista, nos jactamos de saber, de exigirle al lector un cierto conocimiento previo como peaje a la cosa que ahora se cuenta.
martes, 21 de febrero de 2023
Ayer fue el cumpleaños de mamá. No prendí velas. No hice nada de lo que ella hubiera hecho si yo hubiese sido el muerto. En un momento de la tarde me acordé. Imaginé su nicho en el cementerio. Desierto. Sin homenajes ni presencias. La frustración de la muerte en medio de los festejos del carnaval. Nadie me llamó. Ni siquiera un mensaje de mi hermana en el móvil. Sólo mails automáticos con ofertas de comestibles y electrodomésticos.
La familia de mi mujer tampoco se acordó. Son pocos. Cada cual anda corriendo detrás de sus preocupaciones, de sus egos y urgencias. También huyen de la muerte. Trabajo de toda vida.
MÁS TARDE
La idea de que cada muerte es propia nos da la posibilidad de personalizarla. La mía es intrépida, hábil, astuta. Me ha atormentado desde niño, se cuela por cualquier intersticio de la mente, como el agua de lluvia sobre un tejado senil. Y como esas filtraciones intrincadas que recorren viguetas y listones ocultos antes de caer al suelo, se me aparece como consecuencia indirecta, nunca nacida del último pensamiento, sino de una concatenación caprichosa de lejanas sospechas, síntomas y huellas. En esos raros momentos en que logro calma o felicidad, ahí moja mi existencia.
Hace poco, cuando mamá aún vivía sus últimas semanas de agonía, intenté contactar con mi antiguo analista para pedirle consejo. Él me había dicho, una vez, que la tragedia de la muerte era tal porque ponía fin absolutamente a todos nuestros proyectos. Me daba vergüenza escribirle después de tantos años de silencio. Y nada más inquietante que un mensaje de whatsapp sin doble tilde. Y un avatar genérico, por default, que consolida la sospecha de una baja o un bloqueo. En medio del drama de mamá y mi necesidad de asistencia, jamás imaginé que el hombre se había muerto. La muerte del otro es improbable. La nuestra, inminente.
MÁS TARDE II
Hago cosas promiscuas. Por ejemplo, grabar voces de la gente o sacarle fotos con el celular cuando están distraídas. Después descargo eso a mi computadora y reflexiono en la irrepetibilidad, la simultaneidad de los sucesos y la muerte. Creo que la fascinación por lo irrepetible debe estar asociada al pavor ante cierto tipo de soledad: el hecho de que nada vuelva a presentarse al mundo tal como lo hizo determinada vez nos deja huérfanos de certeza. Como si no hubiese un sitio definitivo al cual volver o, mejor, esperar llegar. Siempre habrá diferencias o discrepancias mínimas en cualquier rutina que, justamente por ser pequeñas, hacen de la estafa algo más desconcertante y siniestro.