domingo, 26 de febrero de 2023

Ese auto que me compré parece un karting. No me gusta tanto como creí. Tiene un motor demasiado chico. En el concesionario me explicaron que es muy comprimido. Pero en rigor, es una excusa de miserable, como esa gente que agrega soda a una bebida cola y asegura que así sabe mejor y hace menos daño. En fin, no es que uno sea un piloto de Turismo Carretera, pero a la tecnología también se le debe arte, buen gusto, estética y belleza aplicados. Debidas proporciones. Ahora comprendo que, por haber elegido un auto económico, lo que adquirí fue un auto de pobre. Y los pobres, ya se sabe, no tienen tiempo para admirar la poesía que desborda al pragmatismo de la supervivencia. Sólo pasan de la urgencia a la emergencia, o al revés. Necesitan resolver sin comprender. En cámara rápida. Porque hay en el mundo un dispositivo muy bien aceitado para despojarlos a cada instante de lo poco que tienen. Y una industria que los abastece cada vez con bienes más privados de lo esencial, de lo básico, corriendo el límite de lo imprescindible a horizontes insultantes. ¡Y más caros! Como automóviles con motores de karting, pongamos mi ejemplo.

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