Ya no utilizo el transporte público de pasajeros. Luego de un período de varios meses en que un percance mecánico me privó de mi automóvil anterior, he regresado al aislamiento confortable del coche nuevo. Hedonista exaltación de la soledad que discurre en movimiento. Y así me he recortado del subrepticio contacto físico de los cuerpos que avanzan apelmazados en el bus. Y del metafísico: esa otra relación de perpetuo atestiguar las presencias ajenas: gestos, suspiros, miradas, expresiones. La mano torpe de un hombre aferrándose al pasamanos durante una frenada imprevista. El rodete apresurado de una chica medio dormida. La difusa profusión de fatigados desodorantes y perfumes baratos. Una tos. Un gemido reprimido. O esa queja implícita, expresada en el cansancio general del común racimo de los ojos. Todo aquello que se da y nunca más ha de decirse de nuevo. Una estrofa perdida, única, balbuceada por eventuales piezas del universo. Y la imposibilidad de atestiguarla a causa de mi ausencia. Siento que en cada acto humano hay, encriptada, la clave de una belleza, una célula de amor. Y sé que existe pero no puedo encontrarla más que en mi inquietud y una como confusa sospecha. Por estar aquí, pienso, cuánto me pierdo de allí. ¡Lo que daría para expresarlo mejor, poder escribirlo con más ternura y delicadeza! Pero no sale. No puedo. Se disuelven mis pensamientos, regresan como gotitas de lluvia del cielo de mi intención al insondable océano mental dónde se ahogan de nuevo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario