domingo, 12 de marzo de 2023

Escribir un diario es un ejercicio delicado, peligroso y casi nunca feliz. Porque, en última instancia, en el mejor de los casos, bajo la más virtuosa de las intenciones, no deja de ser un movimiento del ego, una trampa de nuestra desesperación por no ser registrados, ni siquiera como un silencio, en la inconmensurable partitura del universo.

¡Cuánto bicho feo y repetido hasta el horror que somos la humanidad! Si hacemos una panorámica existencial, una miríada de seres pretenciosos, sumergidos dentro de una sopa biológica en la que respiramos, cagamos y comemos. Odiamos la dependencia, nos espanta la interconexión, tener un adn parecido al de una vaca o, lo que es infinitamente más repugnante, idéntico al de un contrincante ideológico o político. Producto de interacciones, nos proclamamos únicos. Ciegos ante los otros, demandamos atención. ¡Camine a cucha, bicho feo!

Hace algunos años, un amigo científico, un físico cuántico, en medio de una conferencia sobre el CERN a la que había asistido no sin esfuerzo económico e infinita ansiedad intelectual, sufrió, de improviso, una estrambótica revelación: me contó que mientras presenciaba una de las disertaciones más relevantes del evento donde se exponía la cúspide teórica de los experimentos a los que se llevaría, en breve, al acelerador de partículas, un pensamiento lateral comenzó a interferirlo hasta secuestrar su atención: la certeza de que todo cuerpo humano, más allá de sus ocasionales proezas mentales, era un permanente productor de mierda. Y que ese contraste cruel entre materia y espíritu lo convertía en el más desgraciado de los seres, porque era capaz de habitar ambos extremos de la física y la metafísica sin poder sustraerse a ninguno de ellos. Y esa capacidad, esa hibridez, era, a su vez, inexpugnable vergüenza, horrorosa esclavitud.

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