lunes, 13 de marzo de 2023

Hoy tuve un sueño que pone de manifiesto mi total inhumanidad, si puede llamársele así (soretidad quedaría mejor), y echa por tierra cualquier hipotética simpatía que el eventual lector de éstas líneas pudiera estar edificando sobre mi persona. Si bien relatar sueños no es, según creo, un recurso interesante para incluir en un diario, éste me pinta de cuerpo entero y vale la pena atestiguarlo como prueba de mi mestizaje espiritual. Soñé que mi madre, ya muerta, había incluido en su testamento a una compañera de trabajo, una persona desconocida por mi hermana y por mí. De modo tal que debían compartirse los bienes que mamá nos dejaba con ésta eventual hija de puta que aparecía de la nada, al menos a nuestro conocimiento, situación que me generaba una violencia inaudita hacia ella, desproporcionada y, cosa interesante, un odio sobrehumano hacia mi madre, la cual, de algún modo, también era otra suerte de hija de puta, traidora y desleal. Debo anotar que, en virtud de cierta irracionalidad de los sueños, mi mamá aún estaba viva y, a la vez, muerta. Por lo cual, mediante esa clase de razonamiento onírico que permite el uso del absurdo como moneda de curso legal, yo debía asesinar a esa parte de mamá que aún vivía, antes que formalizara su desfavorable decisión.

Desperté con una angustia importante y demoré algunos minutos en censar el tranquilizador orden de cosas que, al menos en la realidad, me ubica como legítimo heredero y administrador del imperio de mi progenitora, dejando a mi hermana, dicho sea de paso, un papel secundario en toda la cuestión, dado que, además de vaga y cómoda, ha demostrado ser bastante inútil para todo lo que tenga que ver con las gestiones mundanas.

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