Básicamente, odio los libros en papel. Detesto todo documento impreso y me resulta muy violento que aún se sigan tallando palabras sobre la materia prima de la vida, podríamos decir, como la madera de los árboles o vegetales parecidos. Desconozco en detalle los procesos productivos, pero me parecen una hijadeputez. La gente dice que no es igual leer en una tablet que sobre una página impresa, porque no pueden marcar párrafos ni escribir anotaciones en los márgenes. Como hemos dicho antes acerca de los hombres: bichos feos; y agrego: petulantes y soberbios (aunque algunos pertenezcan a mi familia).
Yo, por el contrario, hace años desgrané mi amor por las bibliotecas y aboné la costumbre de leer sobre pantallas. Me he reeducado. Puedo hacerlo en el celular, en la tablet, en mi computadora del estudio y también en el portátil. Hay un sitio en internet que, literalmente, recopila, ordena y luego regala textos en formato .epub, uno de los más populares hoy día, para que los ávidos lectores como yo estemos permanentemente provistos de material literario con el que entretener nuestra inenarrable mediocridad intelectual. ¿Que regalar libros digitales viola las leyes de copyright y otras cuestiones comerciales por las que, aunque en una tajada infinitesimal en comparación con el porcentaje monetario recibido por los editores y editoriales, percibe el autor? ¡Sí! !Y me importa un cuerno! Soy un hombre corrupto y saturado de contradicciones. Y, aunque aliado del sistema financiero internacional que me permite hacerme de imprevistos morlacos en la bolsa de valores mientras me rasco un huevo, hay otra parte de mi que detesta los negocios, la avidez, los índices bursátiles, los cripto activos, la ganancia y el dinero efectivo en particular.
No quiero dar demasiadas explicaciones porque no soy nadie y además me sería imposible sostenerlas. Sólo diré que la idea de comercializar las copias digitales de cualquier bien que, en virtud de sus propiedades intrínsecas, pueda duplicarse infinitamente y sin ningún esfuerzo, es una estafa. Aquí entra el software de todo tipo, los sistemas operativos, los libros, fotografías, vídeos, aplicaciones celulares y demás. En rigor, no me opongo a que tengan un cierto valor, sólo que no puede estar regido por los mismos parámetros que fijan precios a otros productos concretos que requieren de un sistema productivo, industrial, humano y logístico que los ponga en el mercado real de bienes y servicios. Qué joder.
En definitiva, hoy estoy contento porque descargué la obra completa de un escritor alemán cuyos textos siempre han sido muy difíciles de localizar, tanto en papel como en bytes. Todo el circunloquio anterior para confesar sólo ésto.
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