Los mosquitos, como los heladeros, van cayendo implacablemente, uno a uno, bajo la suave zarpa del otoño. Anoche, el último mosquito —pequeño, débil, enclenque, lastimoso— hizo un último intento por subsistir. Se me acercó, esta vez sin esperar siquiera a que apagara la luz. Dio algunas vueltas, tímidamente alrededor de mi brazo izquierdo. Pensando Dios sabe en qué dejé el brazo flojo; a diferencia de sus hermanos veraniegos, esos mosquitos grandes, gordos, agresivos, irritantes, que no se conforman con llevarse mi sangre sino también mi sueño y mi paz interior, a éste lo vi tan desgraciado, tan como pidiendo permiso para picar, que ni siquiera intenté espantarlo. Pero no llegó a picarme; desapareció. No voy a exagerar, diciendo que lo estuve buscando, pero lo cierto es que lo esperé un par de horas, con la luz apagada, imitando la respiración del que duerme, para darle todas las oportunidades; pero no llegó a picarme. No creo que haya muerto de hambre o de frío antes de poder posarse en mi brazo; la Naturaleza no suele ser tan drástica. Nadie, salvo los hombres, suele morir así, sin otra chance. Pienso más bien que el otoño lo distrajo, como a menudo me distrae a mí, con alguna ensoñación, algún susurro, algún recuerdo de tiempos más felices y simplemente, como a menudo me sucede a mí, se dejó llevar, olvidando su interés más inmediato.
jueves, 29 de febrero de 2024
Los mosquitos, como los heladeros, van cayendo implacablemente, uno a uno, bajo la suave zarpa del otoño. Anoche, el último mosquito —pequeño, débil, enclenque, lastimoso— hizo un último intento por subsistir. Se me acercó, esta vez sin esperar siquiera a que apagara la luz. Dio algunas vueltas, tímidamente alrededor de mi brazo izquierdo. Pensando Dios sabe en qué dejé el brazo flojo; a diferencia de sus hermanos veraniegos, esos mosquitos grandes, gordos, agresivos, irritantes, que no se conforman con llevarse mi sangre sino también mi sueño y mi paz interior, a éste lo vi tan desgraciado, tan como pidiendo permiso para picar, que ni siquiera intenté espantarlo. Pero no llegó a picarme; desapareció. No voy a exagerar, diciendo que lo estuve buscando, pero lo cierto es que lo esperé un par de horas, con la luz apagada, imitando la respiración del que duerme, para darle todas las oportunidades; pero no llegó a picarme. No creo que haya muerto de hambre o de frío antes de poder posarse en mi brazo; la Naturaleza no suele ser tan drástica. Nadie, salvo los hombres, suele morir así, sin otra chance. Pienso más bien que el otoño lo distrajo, como a menudo me distrae a mí, con alguna ensoñación, algún susurro, algún recuerdo de tiempos más felices y simplemente, como a menudo me sucede a mí, se dejó llevar, olvidando su interés más inmediato.
sábado, 24 de febrero de 2024
Idea para un cuento: un subalterno empleado del Ministerio de Economía de la Argentina tenía un pasatiempo secreto: entrenaba un modelo de lenguaje con datos históricos de las variables financieras más importantes del país, ansioso por establecer las causas reales de la inflación monetaria. Discurridas maratónicas sesiones de volcado de guarismos contables, balances del tesoro y del banco central, presupuestos, fondos reservados, déficits fiscales, cuasi fiscales, prestamos, deudas, intereses y otros complementarios e innúmeros etcéteras, el programa le devuelve una respuesta desopilante: la causa del desmadre inflacionario de la República es el forzado número 222, contenido neto de la caja de fósforos marca Tres Patitos de fabricación nacional. Cita el año de 1884 y arriesga el nombre de un sujeto: Francisco Lavaggi, ideólogo de la Compañía General de Fósforos Sudamericana.
(Si no escribo ésto que alguien lo haga por favor. Hay una nota en La Nación (http://tinyurl.com/434axv9s) que puede suministrar contexto histórico dignísimo como para acomodar al argumento. No reclamaré derechos)
sábado, 17 de febrero de 2024
Pensar que yo escribo sólo para una mujer. Qué boludo. Todo esto le escribo. Y muchos otros textos que, por suerte o por desgracia, regulares o espantosos, no figuran aquí. Bien podría decir que escribo para los demás, para el prójimo. O ensayar esa otra imbecilidad muy típica de los hipócritas: que lo hago para mí y que el resto se me importa más o menos nada. Todas mentiras: yo escribo exclusivamente para ella. Lo digo así, con el anciano Blogger de testigo, deudor de bellezas que nunca le di, usurero de su confianza.
Ella. Decía que era el mejor escritor argentino contemporáneo vivo. A secas, incluso ante los otros, exenta de vergüenza, me presentaba mediante esa expresión tan audaz como falaz. Qué amor. Ustedes, si me leyeron algo, advierten cuánto habría de quererme para pensar así: tan incondicional era, tan creyéndome. Me cuidaba el alma mientras yo arruinaba el cuerpo: vivía borracho, alternando pastillas, fumando como un escuerzo. Un día me llevó a Rusia, a Petersburgo, para ver si lograba hacerme comenzar una novela, cerca de la casa-museo de nuestro escritor más querido, Dostoievski. Posta. Me invitó a Rusia, primero fuimos desde Madrid a Moscú. Y después viajamos en el expreso de oriente, en un camarote diminuto del personal del tren, cedido por esa gente cándida y buena; como aportando un inédito romanticismo.
Y yo no escribí ninguna novela. Al contrario: desescribía nuestra historia. Quebraba con actos horribles e infinitas frialdades los puentes que me tendía desde sus ojos. Y ella era un sol para mi tormenta. Recuerdo que a veces, cuando la veía en la calle, tan espontánea, rescatándome de algún bar, ya no sé si aquí o en algún otro agujero del mundo, su belleza imponente, sobrenatural, me hacían sospechar una trampa, cierta estafa, como si estuviese siendo víctima de un cruel ilusionista.
Sin embargo era verdad: ella, su amor, su fe en mi; mientras yo, la mayor parte del tiempo, soslayaba la provisoria amabilidad del mundo. Fueron años despreciados en los que ensuciaba la bandera de una patria que se empecinaba en perdonarme del exilio. Y gasté mi fortuna en horribles desfalcos ontológicos. Lo fui perdiendo todo, la fui perdiendo a ella, degradándome, habitante de un atardecer crepuscular que confundía, en sus derivas oscuras, los caminos que hubieran podido conectarnos de nuevo.
Ahora, diluidos los años, un pensamiento repentino me deja sin aliento: que a ella ya no le importe cómo escribo. O si lo sigo haciendo. Que le resulte indistinto, indiferente. Que apenas recuerde esos anacrónicos párrafos que yo tallaba en clarín blogs, mordiéndome las uñas, esperando su like, su comment, su aprecio.
Lo más probable es que así sea. Qué boludo. Pero no puedo evitarlo. Cada vez que escribo algo, o se me ocurre alguna idea, sólo pienso si te gustaría a vos. Y entre mis papeles póstumos, abrumados de bienes y valores mundanos, hay un sobre a tu nombre con la cifra de éste blog. Porque me voy a ir primero, Miriam. El corchazo o el arroje intempestivo son la caligrafía exclusiva que ejercita mi pluma de continuo.