viernes, 15 de marzo de 2024

SESIÓN 3 

Una imagen global de bucolismo extremo y vasta melancolía; cielos enfermos de colores psoriáticos; perros repentinos que surcaban calles enlodadas y polvorientas; postes contrahechos, repugnados de euclídeas geometrías, coronados por racimos de cables embrollados a los que no podían adjudicarse fuentes ni destinos; muros, risueñas tapias que divertían espacios ninguneados a la agrimensura; carteles herrumbrosos, de asincrónicas semiologías publicitarias, huérfanos de actualidad y cometido. Y, para colmo, una filosa llovizna, helada y tenaz, que subrayaba con su persistencia longitudinal los adjetivos más punibles que pudieran adherirse a las tristezas urbanas de este mundo.

El doctor Mondemer había sido arrojado, un poco por configurar mal el google maps en su teléfono, otro tanto merced a un explícito desprecio topográfico por toda vialidad argentina, al conurbano bonaerense, luego de inusitadas intercesiones de peatones fugaces que, o no lo entendían a causa de su correctísimo castellano o bien los distraía su exorbitante acento foráneo, más precisamente, gallego, inscrito ahora en un rincón del partido de Esteban Echeverría. Sin embargo, pese a esas dudosas asesorías públicas, comprendía que no estaba perdido irremisiblemente, dado que la cita con Pablo Bausner era por allí, según el contacto compartido que Mariana Furnsteinn le había enviado a su WhatsApp; por allí, claro, dentro de los límites de esa ominosa área ciclópea cuya representación se le derramaba en la pantallita del celular, la cual, sumariando incertidumbre, era surcada por sinuosas franjas rojas con la advertencia —oral— de que se referían a zonas vandalizadas y peligrosísimas. Como una admonición  porfiada y percutiva, además, agotados los innúmeros parámetros, seteos previos y reinicios que ensayara con resultados por completo contraproducentes, el GPS le seguía recomendando regresar a España, trazando kafkianos itinerarios de tortuosos kilómetros que incluían combinaciones terrestres, aéreas y marítimas tan desopilantes, absurdas e insospechadas como todo lo que le había ido sucediendo desde su llegada a la patria indígena

Qué desastre. Esteban Echeverría era tan vasto como Madrid. O incluso más. Expandía el mapita con los dedos e iban apareciendo otros barrios, anidados, unos dentro de otros, en una suerte de espiral cuántica o fractal en la cual nunca se arriba a la partícula o figura primigenias. Lo que sí advertía era que cuánto más focalizaba el destino, tanto más espacio debía recorrer para alcanzarlo. De hecho, yacía en El Jagüel, un poblado irracional, lúgubre, pseudo industrial, salpicado de anegamientos y regueros contaminados; y debía llegar a otro, acaso más horrible, Monte Grande, donde, se suponía, habitaba ese ser sobrenatural —que ya detestaba— del cual la auxiliar Mariana Furnsteinn sólo tenía palabras de reverencia.  

Mientras se orientaba, un pensamiento lateral, grave, de baja frecuencia, como un monótono e intrusivo contrabajo que, errando la tónica, corrompe la identidad de la armonía, desafinaba su mente: la idea de que el tiempo local, provinciano, más precisamente bonaerense, sobraba para sus habitantes. Nadie parecía consciente de su valor y escasez, de la monarquía de sus límites o la urgencia de optimizarlo. Por el contrario, estos seres suburbanos lo desperdiciaban, fastidiando las calles, compenetrados en subirse a sus nativos medios de transporte que, de trecho en trecho, devoraban distancias, vomitándolos luego en hipotéticas oficinas, comercios o fábricas de paupérrimas remuneraciones. Tres pasajes de ida, tres de vuelta, le comentó, rendido, uno de los transeúntes que se había encontrado. Las gentes sacrificaban horas irrecuperables a ese discurrir histórico, sin luchar, pasivas, abdicando del hacer, en tanto eran acarreadas como vacas tácitas a través de paisajes barbáricos y depresivos. Tal certeza de un tiempo devaluado, sin contenido, sujeto a aquellos pampeanos espacios de indigencia, atormentaba al doctor Mondemer. Existía una tara, cierta lógica de Sísifo, un sesgo de banalidad en todo aquello. Y lo ceñía aún más a su modo rígido y pragmático de comprender el universo, lo ponía en guardia, aferrado fuertemente a manías y prejuicios que trepaban su intelecto como hiedras perniciosas. 

En efecto, tenía miedo. Día tras día, su extranjería se había ido vertiendo de lo geográfico a lo psíquico, como un tsunami conjetural que sólo arreciara en las orillas de su mente. Se daba cuenta que este rasgo de dispersión imperaba también, bajo matices o arquitecturas más complejos, en los profesionales de la facultad. Repasando los procesos por los cuales había sido convocado y los dilatados documentos que fundamentaban el proyecto, surgían, solapados, los indicios de una postergación, la sospecha de una búsqueda de objetivos sinuosos y esquivos, tentativos, romos, acaso inexistentes. O quizás —y aquí radicaba el núcleo de su temor— también podría ocurrir lo opuesto, esto es, que sólo él fuera ciego a su compleja gestación, al pulso lento, a la profunda belleza matemática que, en virtud de ciertos atisbos momentáneos, a veces parecía intuir entre los laxos algoritmos provisorios del código que debía trasvasar. 

Mientras tanto, fuera de su mente, la llovizna y el viento se empecinaban en perseguirlo. De hecho, cuando miraba en lontananza, parecía que el mundo entero había escampado, siendo su ego el centro neurálgico de una dilúvea micrometeorología. Sorteando pozos y charcos, advirtió un grupo de pájaros a un costado del camino, guarecidos bajo un chaperío provisorio que no se entendía si formaba parte de una construcción fallida o constituía el resultado de aleatorios asentamientos de residuos. Eran de la misma especie que la súbita alimaña que horas antes, al bajar del colectivo 59, distraído e intentando ubicarse, le machacara un inesperado picotazo en la cabeza. Al verlos, por acto reflejo, se palpó la región afectada, detrás de la cien izquierda: según cómo lo hacía, merced al ángulo de contacto con la yema del dedo, ahora sí, ahora no, ciertas estrellitas blancas intervenían su campo visual. Estudiando los pájaros, maldijo la persistencia del dolor: eran relativamente pequeños, de color negro azabache, con unas cabecitas ovaladas que, a la distancia media en la que estaba, sugerían empuñaduras de un pico fuerte y puntiagudo, aunque breve, barruntado para maltratar seres pedestres; sin embargo, ahora, de acuerdo al modo pacífico y gregario al que, distraídos en avícolas fruslerías, adscribían allí, amuchados en el suelo, la hipótesis de conflicto resultaba una humorada; o la percepción de un resentido. Ofuscado, admitió que detestaba cualquier género de ornitología: un ingrediente más del inextricable conglomerado de seres y objetos proscritos que se sumaba a su vasto catálogo de aversiones personales. Aves, perros, cierta vez un axolotl, eran animales que, de una u otra forma —aunque en virtud de incidentes menores— se las habían arreglado para complicarlo en variopintos momentos de su vida. Ahora, para colmo, tenía la impresión absurda de que uno de esos pájaros negros era, en efecto, el mismo de la mañana. Quizás lo persiguiera hasta allí con la intención de atacarlo de nuevo, portador de vaya a saber qué clase de ancestrales y malagüeras animadversiones. No estaba seguro, pero si existían aves como las golondrinas que migraban miles de kilómetros en sus estrafalarias evoluciones aeronáuticas, bien podría suceder que éste pájaro loco se hubiese trasladado de Palermo hasta El Jagüel con el único objeto de martirizarlo.  

En tanto evaluaba si espantar a la bandada o, apelando al sentido común, mejor trazar un camino conciso a su destino, aquel ambiguo dispositivo que le obligaron a llevar desde el día que visitó la Facultad de Ciencias Exactas, el Controlzeto, adscrito a funciones que aún no vislumbraba ni de lejos, había empezado a calentarse dentro del bolsillo del pantalón. Y vibraba. Por algún motivo subterráneo, el doctor Mondemer también le profesaba una inconfesable antipatía. O miedo. Sólo sabía que, de acuerdo a los requerimientos de su contrato, debía portar ciertos módulos de servicio de C++ a Solidity, el lenguaje de programación criptográfico que dominaba casi mejor que su esmerado —y puntilloso— castellano natal. Le había llamado la atención que todos los integrantes tuviesen uno, celosamente vigilado como el celular de un amante, en tanto —al menos durante la reunión— intercambiaban miradas y comentarios solapados, ininteligibles al respecto de los valores estrambóticos que se expresaban en su pantallita, una profusión datológica en permanente cambio y translocación.  De todos ellos, el COCNE era la pieza principal. Y Pablo Bausner, sujeto que, a todas luces, parecía el cabecilla de esa suerte de juvenilia científica, se lo insinuó —vía Zoom— desde el primer momento. El COCNE, precedido por un jocoso iconito amarillo de radioactividad, similar al que aparece en los escenarios de videojuegos; aunque también —ahora se acordaba sin lograr apartar la vista de los pájaros— existía otra variable igualmente importante, de nomenclatura poética, que profundizó su desconcierto: la DERIVA BOREAL. Estos dos juntos, es decir, en virtud de ciertas combinaciones numéricas específicas de ambos, podrían prefigurarse eventos paradójicos de consecuencias que, en palabras de Bausner, revolucionarían la "geometría de los sucesos". 

No obstante, dejando a una parte ambigüedades y reticencias académicas, el malestar troncal del europeo sentaba raíces en cuestiones personales, de ego, tanto más cuánto todo parecía indicar que lo habían convocado como investigador principal de la iniciativa, en un área novel de la facultad de Exactas, urgida de liderazgo: el Departamento de Criptología. De acuerdo a las pretéritas, escrupulosas —aunque dóciles, casi subordinadas— interacciones cultivadas por mail, tempranas conversaciones telefónicas y, lo que selló definitivamente su decisión de viajar y ponerse a disposición, los 10.000 USDT acreditados en su billetera de Binance cuando aún no mediaba un compromiso formal, le habían hecho creer que su arribo a la Argentina sería algo así como el desembarco de Colón en un islote de aborígenes descompensados. Pero su gestión, ya en el país, apenas vinculado con el magro equipo de científicos, fue circunscrita exclusivamente a las mezquinas cláusulas del contrato firmado: programar, portar código de un lenguaje a otro sobre hardware reservado y desconocido. 

Y ahí estaba ahora el artefacto ignoto, el hardware reservado, acaso uno de los tantos prototipos que se le insinuaron posibles, como engendros de experimentos prohibidos, vibrándole en el bolsillo del pantalón. La percepción dérmica de la temperatura lo llamó a una suerte de orden temible (no sabía por qué se le ocurrían ideas sacrílegas cada vez que pensaba en el Controlzeto), como inminentes tribulaciones a las que, aún sin establecer, sentía que no merecía ni aceptaba ni quería sufrir. Por eso, acaso, la íntima y recurrente convicción de regresar a España lo antes posible; escapar de esta tierra despanzurrada, pampeana, bucólica, arrasada de miseria, titular de espacios insondables y horizontes agrarios. Por eso, también, la inquietante obstinación electrónica del GPS, trazándole compulsivos itinerarios hacia el terruño gallego, la madre patria, que no era más que su breve departamento, un concepto seguro de latitud y longitud, un nido, un nodo, cuatro paredes entre las que protegía su cuerpo del mundo real, concreto, de cosas duras que no eran código ni palabras y que herían mucho la carne, tibia frontera que ejercía como límite y definición de sí.  

Mientras censaba el dispositivo, escuchó el ringtone del grupo de criptología en su celular. Alguien, un tal S_COSO, había escrito, a secas: "¿Quién vortizó?". Se desplegó una secuencia de valores numéricos en la pantalla del WhatsApp, menores a 0.50, que el resto de los miembros iba reportando sistemáticamente. Ahí estaba Mariana Furnsteinn, por ejemplo, en 0.23; Carlo Piùottone —un hipotético financista del cual sólo conocía el nombre—, en cambio, anotó, "no sé, chicos, estoy en el velero"; Pablo Bausner, 0.44; de modo que, de las ocho o nueve respuestas recibidas, algunas de las cuales, hay que decirlo, venían adjetivadas con inusitados íconos eróticos o pornográficos, ninguna sobrepasaba el límite de peligro. Y ahí, como un intempestivo rayo que surcara el cielo en una noche impoluta, despuntaba otra vez la inquietud, el prejuicio, el desconcierto, el miedo; porque, en rigor, ¿cuál era ese peligro? 0.50, en todo caso, adscribía a un punto de fuga aritmético que arribaba a otro consenso, es decir, a una hipótesis que impelía a nuevos horizontes conjeturales; pero, ¿a qué horizontes, a cuales conjeturas? Escarbando en su memoria, recordó que alguien, en esa primera reunión en Exactas, se había referido al COCNE como una suerte de aberración a depurar; pero, lo que también le resultó extraño y contradictorio, a una aberración necesaria. Y si bien los ánimos generales de esos mocosos petulantes oscilaban siempre entre los límites del desenfado y la jocosidad, sin embargo, cada vez que surgía la cuestión, sus rostros se ensombrecían; y él, Mondemer, percibía una intimidad velada a la cual jamás sería invitado. 

En tanto deslizaba el pulgar izquierdo sobre el display táctil para desbloquear el Controlzeto, un viento gélido, acaso gestado en el seno de su propio malestar, se las arreglaba para metérsele por las orejas. Qué porquería todo, sintetizó. Torcía el cuerpo hacia uno y otro lado, pero la ventolina le adivinaba la estrategia y, al cabo, arremetía de nuevo en sus tímpanos con sospechosa intensidad. Se imaginó dos tornados en miniatura, contrapuestos, en posición horizontal, imponiéndole sus epicentros. Caminó unos metros hacia el chaperío donde se refugiaban los pájaros. En la mano derecha, el WhatsApp seguía reclamando atención, aunque ahora era la auxiliar Mariana Furnsteinn quien, en un imprevisto privado, le preguntaba delicadamente por los valores del dispositivo. "Creemos que es usted, doctor", completaba después, "por favor, chequee". Cuando arribó al mensaje, una punzada ontológica le atravesó el estómago. En efecto, no hizo falta escrolear la pantallita para ubicar su COCNE; al contrario: la parafernálica información que usualmente aparecía por doquier, brillaba por su ausencia. Un fondo negro, en cambio, profundo como el pozo de su ánimo, resaltaba el valor entero 1, solitario, máximo, contundente, en tipografía terminator, prefijado por ese irritante iconito de radioactividad, aunque ahora en un novedoso y titilante color rojo fuego. 

El agobio, los derroteros del cansancio, una creciente repulsión por el proyecto —o acaso, también, cierta inconfesable envidia intelectual hacia sus colegas argentos— lo animaron a proferir una abundante sarta de solitarios improperios al viento. Si un cronista incauto hubiese sido intimado a describirlo, de apuro, mientras viajaba sentado en el último asiento de a dos de un hipotético bondi rumbo a la ruta 205, probablemente pusiera esto: un tipo solo, atardecido, sitiado por la llovizna, munido a un aparato celular en cada mano, furibundo, asustado, conspirando en las inmediaciones del arroyito Ortega. Ya verá ese Bausner, bramaba Mondemer, brotado de ira, descompuesto, inconsciente de esa nimia aunque siempre potencial posibilidad a la que todos debiéramos temer: la de estar siendo narrados.

Y ahí el picotazo surgió, conciso, quirúrgico, fulgurante, detrás de su cien izquierda. Y las estrellitas blancas intervinieron de nuevo su ciega noche mental. 




(SESIÓN 4: Carlo Piùottone).
                 #   Generalidades:
                              [La oficina y el rascacielos]
                              [El Telescopio]
                              [Intimidad de los veleros]
(SESIÓN 5: En la casa de Pablo Bausner.
                 #   Anomalías:
                              [El perro que lo mira]
                              [El pájaro que lo sigue]
                              [El gato de Schrödinger]:
                                    {probabilidad de atestiguar y cambiar}
                              [Los retrovertidos]:
                                    {La semiología del color azul}
                 #   Cuestiones del Proyecto:
                              [Motivos de portar a Solidity]
                              [Hurtar potencia de cálculo a la EVM de Ethereum]
                              [Contratos inteligentes]
                              [El falso exchange]).

                    
                    

    

miércoles, 13 de marzo de 2024

Dijo que hay un pez, en ese mismo río, que las aguas no quieren y él, el pez, debe pasar la vida, toda la vida, como el mono, en vaivén dentro de ellas; aún de un modo más penoso, porque está vivo y tiene que luchar constantemente con el flujo líquido que quiere arrojarlo a tierra. Dijo Ventura Prieto que estos sufridos peces, tan apegados al elemento que los repele, quizás apegados a pesar de sí mismos, tienen que emplear casi íntegramente sus energías en la conquista de la permanencia y aunque siempre están en peligro de ser arrojados del seno del río, tanto que nunca se los encuentra en la parte central del cauce sino en los bordes, alcanzan larga vida, mayor que la normal entre los otros peces. Solo sucumben, dijo también, cuando su empeño les exige demasiado y no pueden procurarse alimento.

Antonio Di Benedetto, Zama (fragmento). 




No es estabilización.
Es transferencia.
(estúpido)