Un par de cosas lindas de Mario Levrero. Lo saqué de aquí: (tinyurl.com/bdfdr5vk). Hoy por hoy, el hecho de reconocer la belleza literaria es lo único que me ubica en el territorio de lo humano.
Quienes llegan a mi edad comprenden súbitamente que las mujeres pueden dividirse en dos grandes categorías: duras y blandas. Las duras son más bien flacas, irritantes, exigentes. El placer que nos producen deriva más bien del alivio de la irritación que ellas mismas provocan. Son como hijas egoístas, malcriadas. Las blandas, por el contrario, se asemejan a las catedrales. Más bien gorditas, uno penetra en ellas ya con un anticipo de la paz interior, y es inevitable asociarlas con madres protectoras. Una tercera categoría combina a la perfección las dos anteriores. Es la mujer verdadera. Es una especie de puente tendido entre la madre y la hija. Son irritantes, pero sólo en los límites de nuestra superficie; no llegan a turbar la paz interior. Son exigentes pero al mismo tiempo sólo desean darse por entero. Eso sí: son fugaces. Un día miramos y ya no están.
Y unos párrafos más adelante:
Los mosquitos, como los heladeros, van cayendo implacablemente, uno a uno, bajo la suave zarpa del otoño. Anoche, el último mosquito —pequeño, débil, enclenque, lastimoso— hizo un último intento por subsistir. Se me acercó, esta vez sin esperar siquiera a que apagara la luz. Dio algunas vueltas, tímidamente alrededor de mi brazo izquierdo. Pensando Dios sabe en qué dejé el brazo flojo; a diferencia de sus hermanos veraniegos, esos mosquitos grandes, gordos, agresivos, irritantes, que no se conforman con llevarse mi sangre sino también mi sueño y mi paz interior, a éste lo vi tan desgraciado, tan como pidiendo permiso para picar, que ni siquiera intenté espantarlo. Pero no llegó a picarme; desapareció. No voy a exagerar, diciendo que lo estuve buscando, pero lo cierto es que lo esperé un par de horas, con la luz apagada, imitando la respiración del que duerme, para darle todas las oportunidades; pero no llegó a picarme. No creo que haya muerto de hambre o de frío antes de poder posarse en mi brazo; la Naturaleza no suele ser tan drástica. Nadie, salvo los hombres, suele morir así, sin otra chance. Pienso más bien que el otoño lo distrajo, como a menudo me distrae a mí, con alguna ensoñación, algún susurro, algún recuerdo de tiempos más felices y simplemente, como a menudo me sucede a mí, se dejó llevar, olvidando su interés más inmediato.
Los mosquitos, como los heladeros, van cayendo implacablemente, uno a uno, bajo la suave zarpa del otoño. Anoche, el último mosquito —pequeño, débil, enclenque, lastimoso— hizo un último intento por subsistir. Se me acercó, esta vez sin esperar siquiera a que apagara la luz. Dio algunas vueltas, tímidamente alrededor de mi brazo izquierdo. Pensando Dios sabe en qué dejé el brazo flojo; a diferencia de sus hermanos veraniegos, esos mosquitos grandes, gordos, agresivos, irritantes, que no se conforman con llevarse mi sangre sino también mi sueño y mi paz interior, a éste lo vi tan desgraciado, tan como pidiendo permiso para picar, que ni siquiera intenté espantarlo. Pero no llegó a picarme; desapareció. No voy a exagerar, diciendo que lo estuve buscando, pero lo cierto es que lo esperé un par de horas, con la luz apagada, imitando la respiración del que duerme, para darle todas las oportunidades; pero no llegó a picarme. No creo que haya muerto de hambre o de frío antes de poder posarse en mi brazo; la Naturaleza no suele ser tan drástica. Nadie, salvo los hombres, suele morir así, sin otra chance. Pienso más bien que el otoño lo distrajo, como a menudo me distrae a mí, con alguna ensoñación, algún susurro, algún recuerdo de tiempos más felices y simplemente, como a menudo me sucede a mí, se dejó llevar, olvidando su interés más inmediato.
Apuntes de un “voyeur” melancólico.
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