martes, 21 de febrero de 2023

Ayer fue el cumpleaños de mamá. No prendí velas. No hice nada de lo que ella hubiera hecho si yo hubiese sido el muerto. En un momento de la tarde me acordé. Imaginé su nicho en el cementerio. Desierto. Sin homenajes ni presencias. La frustración de la muerte en medio de los festejos del carnaval. Nadie me llamó. Ni siquiera un mensaje de mi hermana en el móvil. Sólo mails automáticos con ofertas de comestibles y electrodomésticos.

La familia de mi mujer tampoco se acordó. Son pocos. Cada cual anda corriendo detrás de sus preocupaciones, de sus egos y urgencias. También huyen de la muerte. Trabajo de toda vida.


MÁS TARDE

La idea de que cada muerte es propia nos da la posibilidad de personalizarla. La mía es intrépida, hábil, astuta. Me ha atormentado desde niño, se cuela por cualquier intersticio de la mente, como el agua de lluvia sobre un tejado senil. Y como esas filtraciones intrincadas que recorren viguetas y listones ocultos antes de caer al suelo, se me aparece como consecuencia indirecta, nunca nacida del último pensamiento, sino de una concatenación caprichosa de lejanas sospechas, síntomas y huellas. En esos raros momentos en que logro calma o felicidad, ahí moja mi existencia.

Hace poco, cuando mamá aún vivía sus últimas semanas de agonía, intenté contactar con mi antiguo analista para pedirle consejo. Él me había dicho, una vez, que la tragedia de la muerte era tal porque ponía fin absolutamente a todos nuestros proyectos. Me daba vergüenza escribirle después de tantos años de silencio. Y nada más inquietante que un mensaje de whatsapp sin doble tilde. Y un avatar genérico, por default, que consolida la sospecha de una baja o un bloqueo. En medio del drama de mamá y mi necesidad de asistencia, jamás imaginé que el hombre se había muerto. La muerte del otro es improbable. La nuestra, inminente.


MÁS TARDE II

Hago cosas promiscuas. Por ejemplo, grabar voces de la gente o sacarle fotos con el celular cuando están distraídas. Después descargo eso a mi computadora y reflexiono en la irrepetibilidad, la simultaneidad de los sucesos y la muerte. Creo que la fascinación por lo irrepetible debe estar asociada al pavor ante cierto tipo de soledad: el hecho de que nada vuelva a presentarse al mundo tal como lo hizo determinada vez nos deja huérfanos de certeza. Como si no hubiese un sitio definitivo al cual volver o, mejor, esperar llegar. Siempre habrá diferencias o discrepancias mínimas en cualquier rutina que, justamente por ser pequeñas, hacen de la estafa algo más desconcertante y siniestro. 

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