Tengo la costumbre de poner frases célebres en boca de mi difunto abuelo. Les digo a mis amigos, con cierta burlona afectación, en mitad de una charla cualquiera: usen las palabras como si costasen dinero. Y de alguna forma, cada vez que suelto un aforismo, ellos suponen que es de él. Y así he construido, lenta y sutilmente, una imagen ideal -aunque falsa- de mi abuelo en la mente de los otros, un personaje sereno, sabio, amante de los libros y proclive a la melancolía, un papá bondadoso y ficticio que nunca pude tener. Con los próceres y héroes de la patria, los historiadores quizás hagan algo así.
Pensando en próceres y patrias, me he propuesto, en lo posible, narrar evitando nombres propios, sin referencias a ningún ícono del mundo. Porque cada vez que nombramos, hacemos un sutil ejercicio egocentrista, nos jactamos de saber, de exigirle al lector un cierto conocimiento previo como peaje a la cosa que ahora se cuenta.
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