La idea es más o menos así: cumplidos los 80 años, se comienzan a ver -o percibir-, en las concomitancias de las relaciones sociales, detrás de los límites de la familiaridad, solapadas, tácitas, diluidas en el umbral de lo real, ciertas presencias. Es un evento conocido por la cultura a la que el anciano pertenece, aunque nunca ratificado por la ciencia, las instituciones o el estado -pero tampoco negado-, sino promovido, más bien, en virtud de inquietantes mitologías urbanas, pseudo religiosas; secundarios e inhallables testigos cuyos testimonios se viralizan en las redes, noticias falsas y provisionales videos que, apenas visionados, son dados de baja de inmediato en los servicios de streaming públicos.
Arribada la octogenariedad, el sujeto es delicadamente intimidado por ciertos agentes intrascendentes y suaves, cuasi empáticos, que se mueven por aquí y por allí, siempre a una distancia de horizonte, al límite del espejismo, en la lontananza de la percepción. No obstante se sabe que han aparecido. De hecho, la misma incertidumbre de su existencia opera como confirmación irrefutable de su intromisión. Porque, merced a un atractivo inexplicable e irresistible que nadie a ciencia cierta sabe cómo se produce, en función de qué mecanismos se despliega, van revelando indicios de su propio estar, trazando sutilmente el dibujo, el mapa, los caminos de los vínculos que, obligadamente, los unirán al geronte.
Entonces, en cierto vórtice de tristeza anímica, cuando la entropía esboza sus primeras letras y la piel longeva queda ahí, como un papiro, escrita, se produce el contacto real. Y comienza la exiliación.
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