Mensaje de whatsapp enviado a un amigo/compañero de trabajo, a propósito de otro:
La persona con la que está conversando pertenece a un conurbano distinto del que le hablé recién. Podríamos, incluso, en éste caso, no pensar en conurbanos, sino en países diferentes, universos delicadamente opuestos, alejados no por prejuicios culturales o de clase sino más bien por ese otro género de fronteras que separan a los pragmáticos de los especulativos, a los poetas de los deterministas. Existe, por tanto, una intersección muy fina, escasa, miserable, avara entre ambos mundos, y quizá por eso mismo, por su microscopía, insalvable. En eso usted me gana. Yo he sido siempre un exiliado de la empatía, entendiéndose ésta como ese potrero existencial en el que los hombres comunes se saludan y regalan sus tiempos como si fueran dioses, olvidados de la finitud. Yo, en cambio, cada día muero un poco. Le dejo a la muerte mis rastros, la seduzco con mis olores, la temo con tributos de cariño en tanto la espero escribiendo una carta de amor. Éste texto, pongalé, aunque a usted le parezca una mensaje de whatsapp, es apenas otro párrafo dedicado a ella.
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