domingo, 26 de marzo de 2023

Dados los derroteros informativos a los que nos someten bots, cookies, algoritmos de e-commerce y otros dispositivos computacionales sutiles y poco censados por nuestro sentido práctico, raso, analógico, cotidiano y rutinario de la realidad, ayer me sorprendí con un artículo no sólo interesante, sino inquietante y propenso a despertar ideas de complot y paranoia. Redactado en inglés (y publicado en un dominio web con escasa actividad), el título original se traduciría así: “¿Podemos hackear nuestra salida del universo?”. Con el fin de evitar preámbulos innecesarios en éste diario inútil, transcribiré breves párrafos para dar una idea general del contenido y, de paso, dejarme agendados mis embates intelectuales de estos días: “El propósito de la vida -explica el texto- o, incluso, los recursos computacionales de la realidad base, no se pueden determinar desde dentro de la simulación, lo que resulta en que escapar sea un requisito necesario e indispensable para el progreso científico y filosófico de cualquier civilización simulada”.

El artículo tiene la estructura formal de un paper científico y una forzada pretensión de rigor, aunque parece escrito por seres alucinados y extravagantes, guiados por probables y lisérgicas aventuras químicas. Continúo con otro párrafo: “Cientos de eminentes académicos toman la hipótesis de la simulación lo suficientemente en serio como para invertir sus valiosos recursos en investigarla; por lo tanto, tiene mucho sentido aceptar la idea de escapar de la simulación con la misma seriedad; y dedicar tiempo e intelecto a escudriñar tal suposición, dados los inmensos beneficios que obtendríamos si el proyecto tiene éxito. Puede ser imposible escapar de una simulación en particular, pero aun así vale la pena explorar enfoques generales para huir de ella”.

Si bien me considero un tipo medianamente serio y anclado por voluntad propia en las movedizas tierras de la coherencia, reconozco que, en tanto me adentraba en la lectura, fue venciéndome una cierta belleza cyber-melancólica, dulcemente irracional, solapada entre los pasajes del texto, atravesada por pinceladas de ciencia dura y, a la vez, analogías audaces y poéticas. A medida que envejezco, me doy cuenta que las actividades de los hombres me enternecen, sobre todo si, en contra de lo que pudiera pensarse, no tienen que ver directamente con el amor o los afectos.

Por ejemplo: “si el escape exitoso va acompañado de la obtención del código fuente del universo, sería posible reparar el mundo en el nivel raíz. El imperativo hedonista puede lograrse plenamente dando como resultado un mundo libre de sufrimiento. Sin embargo, si la eliminación del dolor resulta inalcanzable a escala mundial, el escape mismo es un derecho ético del individuo en tanto elude la miseria de este mundo. Por otro lado, si la simulación se interpreta como un experimento sobre seres conscientes, no es un accionar ético y los sujetos de un ensayo tan cruel deberían tener la opción de retirarse de participar y, tal vez, incluso, exigir retribución por parte de los simuladores. En este sentido, el propósito de la vida misma podría enfocarse en escapar del mundo falso de la simulación hacia la realidad base, mientras se mejora el mundo simulado, eliminando todo martirio y ayudando a otros a obtener conocimiento genuino para escapar, si así lo desean. En última instancia, el agente simulado, si quiere dar valor a su existencia, debe trabajar para impactar positivamente en el mundo real, más luego en el simulado. Puede que estemos viviendo en una simulación, pero nuestro sufrimiento es real”.

Salvado lo anterior, la cuestión del escape se retoma una y otra vez y es la idea troncal del artículo: “el camino más fácil para huir -sigue- implicaría obtener ayuda de alguien del exterior (escape asistido); idealmente de uno o más de los simuladores que posean un conocimiento acabado del diseño de la simulación. Tal vez esto podría lograrse a través de un tipo de ataque de ingeniería social que, en nuestro caso, es particularmente difícil, ya que no tenemos conocimiento de la vida social fuera de la simulación ni un dispositivo para comunicarnos y, probablemente, ni siquiera el conocimiento del lenguaje apropiado. Puede ser factible participar en un intercambio acausal con los diseñadores de la simulación, evitando la necesidad de una comunicación directa. Si nuestra simulación está siendo observada podríamos, incluso, comunicar que sabemos que estamos siendo simulados y provocar empatía en virtud de nuestro sufrimiento, con la esperanza de reclutar algunos abolicionistas externos que nos ayuden a escapar de nuestra situación actual”.

Páginas adelante se esbozaban ideas de una audacia extraordinaria, como que, nuestros hipotéticos simuladores, podrían no ser necesariamente humanos, ni extraterrestres, sino instancias de inteligencias artificiales ensayando infinitos modelos de virtuales universos. Y que, tales simulaciones, para colmo, debían contemplar la posibilidad de considerarse anidadas, es decir, unas dentro de las otras, de forma tal que arribar a la primer capa o realidad base exigiría romper el código de infinidad de capas previas, con las consecuentes estrategias, derroteros y dificultades insalvables.

Pasé casi toda la noche frente a la pantalla, dándole vueltas al artículo, buscando referencias a las personas citadas, que eran varias, algunas de las cuales con cierto renombre en la comunidad científica internacional. Otras, para peor, dueñas de importantes compañías tecnológicas, magnates y brillantes emprendedores, con infinitos recursos económicos y técnicos para realizar cualquier clase de apoteósico proyecto.

Me fui a dormir con una inquietante sensación de inminente peligro, de extrema incertidumbre, casi como si, de uno a otro momento, algo horrible e impredecible pudiese producirse en mitad de la realidad.


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