El tiempo, ese que desperdicio tirando al techo como si fuera manteca de mi existencia. Quizá debería, en lugar de un diario, comenzar a escribir una novela. Definir la mecánica de un personaje, su nombre, los agujeros ontológicos en los que luego, ese probable y potencial lector iría depositando sus anhelos, sus miedos y desesperanzas. Antes que el diario está la obra genuina, aquella que, en todo caso, más tarde, lo justifique.
Estoy cada día más flaco, más hipotético, más menudo y más viejo. Estoy solo. Voy perdiendo las habilidades sociales del mismo modo en que se diluyen los músculos y la carne de mi cuerpo. Deambulo por las calles, tácito, indeclarado, casi inédito. Me cruzo con gente que escatima sus miradas, quebrados puentes ontológicos, rostros ausentes bajo tediosas contorsiones faciales, casi como si fueran circos de extravagantes equilibristas.
Sigo pensando en la extrañeza de la simultaneidad. En todo lo que no se narra y declina su historia irrepetible. Grabo a la gente con el celular y luego reproduzco largos minutos de inútil existencia: la chica policía que, durante una tarde helada, debe hacer guardia frente a un edificio en construcción. El hastío, la indiferencia, ese indecible saber de la futilidad del mundo resumido en las facciones de un rostro vulgar; todas metáforas del frío, del viento que siempre sopla en ésta avenida, de ausencia, de insonrisas y desamor.
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