sábado, 11 de noviembre de 2023

Estoy sentado en mi departamento, observando el mundo como quien sabe que la bomba nuclear ya ha sido detonada. Está lejos. Sólo espero la onda expansiva, el fuego, la radioactividad y la inevitable destrucción. Imagino a la gente en medio del caos atómico y el posterior infierno: no está acongojada ni salvando a sus familias, sino matándose en las calles recíprocamente, aprovechando los últimos signos de vida para arremeter con el máximo nivel de odio y de violencia al resto de sus congéneres. Enajenados, en medio de su propio crepúsculo, destilan postreras gotas de furia para causar al otro el máximo dolor.

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