Estoy sentado en mi departamento, observando el mundo como quien sabe que la bomba nuclear ya ha sido detonada. Está lejos. Sólo espero la onda expansiva, el fuego, la radioactividad y la inevitable destrucción. Imagino a la gente en medio del caos atómico y el posterior infierno: no está acongojada ni salvando a sus familias, sino matándose en las calles recíprocamente, aprovechando los últimos signos de vida para arremeter con el máximo nivel de odio y de violencia al resto de sus congéneres. Enajenados, en medio de su propio crepúsculo, destilan postreras gotas de furia para causar al otro el máximo dolor.
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