Teorizando sin nortes ni destinos, apenas susurrado por una sospecha interior, se podría anotar que existe una inteligencia que nos trasciende, subcutánea y transversal, independiente del sujeto, el ego y la consciencia. Está vinculada directamente con la supervivencia colectiva, de la raza o de la especie. Es tácita en la individualidad aunque va explícita en el género. El sujeto, en todo caso, como el poro aislado de una piel que respira a través suyo, puede que la intuya apenas como sospecha, incomodidad o molestia.
De modo que, cuando los conflictos de la civilización alcanzan un nivel irreparable, cuando la evaluación arroja que ninguna solución benigna podría restaurar el inmenso daño y sufrimiento que los individuos y las sociedades se infligen a sí mismos, descartadas ya, tácitamente, las miríadas de posibilidades de retroversión, entonces, tal inteligencia decide el fin del mundo.
Probablemente, el evento sucederá en años, décadas o siglos, tejiéndose, en tanto, una excusa histórica que luego de la purga podrá ser explicada por los supervivientes sin sospechas de foránea intercesión.
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