La primera pregunta, así, a secas, que surge cada tanto, cada vez que mi sesgo intelectual me obliga a las mismas maniobras, hijas de los mismos caminos y casi idénticos destinos, es ésta: ¿por qué me son tan importantes los hechos irrelevantes y anónimos de innumerables seres o cosas, existentes dentro del infinito entramado de la realidad, casi decorativos, que nos envuelven silenciosos, en la escenografía de la cotidianeidad? ¿Qué tienen de bello, de urgente, de clave? ¿Por qué la angustia ante la pérdida de esa clase de información que huye perpetuamente hacia el pasado sin testigos que la acucien, sin documentos que la honren, me obliga a considerarla una y mil veces? El recorrido azaroso de una paloma que busca su alimento, el ladrido de un perro indefinido, el siseo de una bolsa de residuos al viento, exigen biografías, necesitan ser narrados antes de perder el equilibrio en lo que es, estafados por el cambio y la provisionalidad. Y las interacciones secundarias, los contextos, el ambiente en el que yacían, los sonidos a los que se superpusieron, las luces que refractaron, yo mismo que los observo, también.
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