lunes, 27 de noviembre de 2023

Ayer, durante *TODO EL DIA*, como un boludo, escribiendo lo que sigue. Un trabajo ortopédico, puntiagudo, anclado en torpes complejidades retóricas. No sé por qué insisto. Debería formar parte, encastrarse de algún modo con el texto anterior, el del 13 de noviembre que, honestamente, camina mejor, fluye, tiene aceite. Por ahora, no sale nada más. Una fatiga impostergable -y mucha frustración- me sugiere volver todo a foja cero.  

SESIÓN 2

El maestro ferretero Severo Coso levantó los ojos del mostrador y contempló el rectángulo gris donde se recortaba el mundo exterior. Ahí delante, superada la entrada del local, un domingo avaro esculpía su obra mediocre: una mañana ruinosa, mortecina, sonorizada por pájaros cansados y motores de sufridos vehículos. Cada tanto aparecía un peatón repentino en la vereda, ora desde la derecha, más luego por la izquierda, como extraviados aerolitos de un paisaje apocalíptico. Trató de entender por qué pasaban, si existía un acuerdo previo, una idea general, un plan, cierta coherencia. Algo más allá, cruzando la calle, surgida desde el pozo de un baldío, una planta, un yuyo tenaz, entre verde y amarillo, le hacía señas, acusando los azares del viento inasible. 

Amparado en la costumbre de cierta simetría, buscó el punto medio en el que debía yacer: a la mitad del mostrador. Movió apenas los pies y corrigió el destino; equidistancia, sin embargo, vana y falaz, impública por soledad, tampoco calculable a ojímetro. Luego observó sus manos: dos animalitos domésticos recostados en la fórmica. Pensar que alguien, alguna vez, las había acariciado. Ahora estaban solas, se tenían a sí mismas, hacían contacto en falso amor, por necesidad, como herramientas de una maquinaria metalúrgica.

En efecto, a estas alturas de su vida, a los cincuenta y un años, el maestro ferretero Severo Coso se había convertido en algo grande y feo. Gordo. Redundante. Le robaba espacio a otros objetos. Y consumía mundo. Porque devoraba como una ballena. Se llevaba alimentos sensatos a la boca, que guardaban sentido. Y luego los expelía, profanados desde el vientre, repugnados por detrás, hediondos, a la cuenca blanca del inodoro. Si bien era consciente de que todos lo hacían así, esto es, transportar la comida de la cocina al baño, él sentía culpa, como si sobrara en la existencia, indigno de su cobijo.

Ocurrido un rato llano y sin provecho, huérfano de clientes, decidió irse al fondo a descansar: un tácito sucucho donde se guardaba la tornillería y artículos de limpieza. Había un banquito en el que solía arrojarse, con mucha dificultad, encastrando su cuerpo lechoso contra repisas y ángulos abstrusos de las paredes. Literalmente, se “trababa”. Y, a veces, conseguía dormir.

Vio, mientras cerraba los ojos, una imagen de su madre en el telón de la mente. Y recordó una frase, dicha como al pasar, por ella: “dejáme descansar, hijito, que en un rato me levanto”. Y al día siguiente, cuando, extrañado, regresó a la pieza, ella estaba igual, en la misma posición, con los ojos abiertos, pero muerta. También se acordó, en otra latitud lacerante de su infancia, de ésta escena: las suaves manos de su madre que lo iban vistiendo para mandarlo a la escuela. Y él, tratando de conservar la efímera caída de la ropa mientras lo ataviaban, inmóvil, temeroso de borrar o cambiar de posición siquiera una arruguita del guardapolvo. Porque allí también, creía entonces, en esa topografía casual de los pliegues de la tela, había quedado ella. Su impronta. Una forma de conservarla sobre sí, como metáfora en su cuerpo, durante aquel no-madre que le significaba el resto del universo.


PD: Hace unos días, entre las vías del tren, la entropía que nos espera.



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