jueves, 30 de noviembre de 2023

Ayer por la tarde, una imprevista miríada de abejas desorientadas comenzó a girar, sin ton ni son, en el hueco interno de mi edificio. Algunas, en esa suerte de estampida caótica de la que formaban parte, probables víctimas de maldades humanas, vaya a saber cómo, ingresaron a la cocina de mi departamento, derribando barreras físicas y conceptuales a las que yo, hasta entonces, adhería; es decir, jaqueando la seguridad de mi propia bunkerización, cierta exhaustiva profilaxis del afuera a la que no escatimo recursos ni tiempo.

Cuando, munido a mi Raid, levanté el blackout para discernir la magnitud de la invasión, me encontré con la presencia atónita del viejo del departamento de enfrente. Estaba en cuero, despeinado, como apenas despierto, rehén de una contorsión facial que, claramente, lo ubicaba en territorio del miedo. Sin embargo, en lugar de cerrar sus ventanas, señalaba las abejas. Iba de un extremo a otro de la abertura y, aterrorizado, con el dedo índice, acusaba la presencia atolondrada de los insectos. Luego giraba la cabeza al interior de su cocina y, a grito pelado, -no se llegaban a entender sus palabras aunque, en virtud de la intensidad, el timbre lastimero y ciertas crestas tonales - parecía exhortar violentamente a un tercero, tácito, que no se veía. 

Permanecí un rato abstraído, contemplando la escena, escéptico de coherencia. ¿Qué pasaba ahí? Me dieron ganas de ir a golpearle la puerta; entrar y cerrar las ventanas. Pero tenía unas cuantas abejas infiltradas en mis dominios: varias más en la cocina y -ahora advertía- en una de las habitaciones de atrás, también orientada al pulmón interno.

Cuando todo terminó, al caer la noche que apagó la percepción de esos eventos, ya más apelmazado en la cotidianeidad, se me ocurrió escribir algo al respecto. No sólo narrar la escena tal cual sucedió, sino agregarle alguna voluta poética, empujarla de la crónica a la literatura. Por ejemplo, partir de lo más básico: que el viejo haya sido -o las abejas-, simplemente, una alucinación mía. 

Lo extraño es que hoy, cuando estoy saliendo del edificio, me encuentro a la encargada, una señora cordial que me confirma el asunto de la antófila invasión de la víspera. Yo le cuento sobre las torpezas de mi vecino de enfrente y de sus ventanas abiertas. Lo estrambótico de la situación: eso de acusar a los bichos con el dedo, de llamar a gritos a alguien que tampoco apareció nunca para solucionar el problema.

“Qué raro”, contesta ella. “El hombre vive solo”. Me quedé duro. Y luego, un poco preocupada, o advertida de mí, agrega: “y está de vacaciones”.


Yo quiero ser como éste flaco:


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