domingo, 4 de junio de 2023

No es una idea mía. Aunque las ideas probablemente no tengan derechos de autor. Se enhebran de mente en mente, las vamos modelando en la vastedad de las geografías, heredadas de otros colectivos pretéritos que les confirieron las formas primitivas. La construcción comunitaria del intelecto debería alertarnos sobre la ilusión mortífera de la individualidad. La que inscribe en todas las lenguas posibles palabras como soledad, miedo y egoísmo.

En una serie policial, un detective, en tanto estudia las fotografías de los cadáveres de un asesino serial, explica a su compañero que, en cualquier caso, al observar las miradas de las víctimas, se tiene la impresión de que todas ellas, en el último segundo de vida, se dieron cuenta de lo fácil que era partir, dejarse ir hacia la común oscuridad de la muerte, desaferrarse de las cadenas que tan dolorosamente las ataron a la vida. Que era un trámite huérfano de sacralidad y mandamientos. Que no hacían falta complejas liturgias, rituales ni plegarias. Que acaso dios era apenas la percepción de ese instante, la transición, el peaje. Al final de la escena, el inspector remata: ”Cuánta arrogancia hay que tener para arrancar un alma de la no existencia y meterla en ésta carne”.

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