sábado, 20 de mayo de 2023

Volver a una suerte de fraternidad hacia el prójimo. Desmerecer al ego, la sofisticada soberbia cotidiana que asoma en nimios gestos de desprecio, invalidando a los demás. Ser respetuoso. Cuando hay dolor personal aparece casi al unísono la empatía, cobra fuerza la presencia ajena o acaso su necesidad inmediata, antes negada por nuestras ínfulas. No podemos escaparle al amor. Sonará burdo, pero es un alimento invaluable. Es, como le hacía decir su autor al principito, esencial, invisible a los ojos. Durante muchos años critiqué esa idea. Pensaba que, mientras un chico en el mundo pasara hambre, lo esencial era la comida que no podía tener. Sin embargo, qué flaqueza existe cuando hay de todo menos el afecto de nuestros congéneres.

Me sentiría completo si pudiese ser bueno con el resto cuando soy feliz. Percibir el dolor, la carencia, la dificultad de mi tribu a través de los velos egoístas de la alegría. Hay tantos llamados, innumerables socorros, gritos impregnados en los rostros mudos, horrores contiguos que uno rehuye en virtud de esa analgesia que otorga la propia felicidad.

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