El 25 de noviembre pasado cumplí 60. Decidí, como medida de privilegio, no enojarme más, al menos visiblemente: suavizar discusiones, tratar de ser amable, no levantar la voz, mucho menos gritar. Hace dos días, el 5 de diciembre, un simple altercado de tránsito consiguió que saliera del auto, luego de dar insistentes bocinazos, a increpar como loco a un chofer de camión para que se moviera: el tipo, bloqueando la calle, en un rapto de exiquisita sensibilidad ciudadana, se había bajado para tratar de asistir a otro conductor a estacionar su vehículo, unos metros más adelante, en un espacio muy breve, casi imposible. Era un BMW blanco, impoluto. Lo cual aumentó mi enojo: porque estuve seguro que, si se hubiese tratado de un auto nacional, ordinario, de medio pelo, nadie se hubiera molestado en ayudarlo; por el contrario, como yo, aquella jauría de conductores urgidos habrían empezado a insultar y tocar bocina inmediatamente. En fin. Voy a dar por rota mi racha de 10 días de tranquilidad visible. No abandono ni me doy por vencido. Solo adjunto la confesión. Y agrego que ayer, mi ex, Sonia, para colmo, me hizo una sabia observación (que sumó decibeles a mi fracaso, por lo verídica): “parecés una olla a punto de explotar. Y eso me angustia”. Lo último, —que se angustia—, lo tomo con pinzas ontológicas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario