sábado, 21 de septiembre de 2024

Ayer vi a una señora sentada a una mesita de un bar, en la vereda, comiendo una hamburguesa. Era muy mayor, le faltaba pelo, se había arreglado para salir pero se notaba la torpeza estética de la vejez, su ortopedia, la crueldad de la entropía. Mientras pasaba a su lado, viéndola así, encorvada sobre el plato, se me ocurrió que todo ese organismo se concentraba en uno de los últimos puntos de placer que aún lo vinculaban con el mundo: comer algo rico. 

Sentí una suave arcada de compasión. Pero duró sólo un momento y fue fruto de mi cualidad de pobre tipo, de roto, de enfermo de mierda. 

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