miércoles, 7 de agosto de 2024

Despeneado

La mañana del 12 de enero, Ernesto Mango perdió su pene en los mingitorios de la estación Constitución. El evento duró poco: luego de abrir la bragueta, la carne mustia asomó al mundo y, en vez de orinar, se separó del cuerpo, arrojada por peso y gravedad al colector común que discurría en el suelo, ese que traslada las líquidas inmundicias a subterráneas profundidades cloacales. Fue indoloro, seguro y profiláctico, tanto que el hombre, distraído en nimias cotidianidades mentales, apenas comprendió el desprendimiento. Percibió una levedad, como el irse dulce de una remota molestia; y oyó el repentino “plop” sobre el agua orinada, disponiendo del tiempo exacto para avistar el miembro triste y su deriva, flotando, hacia el confín del mingitorio vecino.

Corrió hasta el extremo derecho de la línea de urinales, persiguiendo la dirección de la corriente, en una ambigua maniobra que incluía la confirmación del suceso, su urgente refutación y la estrategia de una captura. La mano derecha, en tanto, impugnada de los hechos, incrédula, seguía palpando ahí abajo, hurgando, revolviendo, auditando una región ya desierta, deshabitada, yerma, como cuando se palpa, sobre la ropa, sorprendido por un hurto o un olvido, los huidos contornos de las llaves de casa o la billetera.

Llegó justo para ver cómo aquella verga suya se escabullía tras el desagüe sombrío, un agujero horizontal que colectaba los residuos generales y cerraba el paso a la luz y a la certeza. Se tiró al suelo y metió la mano, esa que antes negaba, ahora afianzaba una esperanza dactilar: pero la abertura era estrecha y no lograba progresos, apenas se intuían un ciego espacio avaro y la sospecha táctil, centímetros delante, de blandas podredumbres ajenas.

Así estuvo lastimando sus falanges contra las irregularidades del sumidero, mientras gemía, agobiado y solo, sin virilidad ni vergüenza. Al poco se rindió. Lloriqueó sobre el piso frío y advirtió que aún tenía ganas de mear. Parecía que, pese a la partida del pene, procesos previos de su cuerpo todavía exigían mecánicas urgencias de excreción. Fue al espejo de un lavabo y se bajó el jean y los calzoncillos. Que la vejiga espere, se dijo; ahora eran los ojos quienes pretendían entender. La tenue luz blanquecina del baño le enseñó su novedosa topografía: una cicatriz de apenas dos o tres centímetros de diámetro sobre la pelvis, de tímido espesor, que mapeaba, entre un ralo vello púbico, los límites circulares de la ausencia. En el centro, un rugoso agujerito amarronado, como un anito frontal, confería cierta simetría a la región, rara, insólita, sugiriendo la idea de una inhumana coherencia geométrica.

Se acercó al lavabo para ver mejor. No había sangre ni lastimaduras. Probó hacer fuerza y del agujero salió pis. Un chorro potente y rectilíneo que rebotó en el espejo con sorpresiva intensidad. Advirtió la facilidad para orinar, la rapidez y, cuando acabó, la higiene del proceso; no obstante, al palparse ahí, apreció como un bulbito, o membrana, que obstruía, adrede, la exploración de su conducto interior. Una idea precoz le sacudió el espíritu, ya no tengo pene, pensó, pero tampoco vagina.

En el baño de la estación Constitución, Ernesto Mango no hizo mucho más. Esos sitios, evacuadas las urgencias, son cercenados del tiempo y la memoria. Asustado y confundido, ajustó su pantalón y quiso buscar un guarda, un policía, un médico, un plomero. Pero al salir de aquel recinto de luces mortecinas y olores confusos, la voraz trama urbana lo espetó de existencia y objetividad, estampándolo de nuevo en el escenario público y vertiginoso de los hombres. Allí, entre ruidos familiares, voces superpuestas y movimientos colectivos, la súbita castración perdió el peso de lo propio y tuvo la impresión de que ya no era tan suya como había creído. No, se dijo, aquí también hay otros; no es sólo mi tragedia, mi responsabilidad.

Un rayo de sol se refractó en los vidrios de un ómnibus de pasajeros. Por breves segundos, todas las pupilas omitieron unos cuadros de realidad. Luego Ernesto Mango ya no estaba. Era parte de la multitud.



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