No escribo sobre mi mismo porque soy una persona de las que deben ser ignoradas. Por fallido, por intrascendente, por cordobés. De las personas que dejarán como único testimonio una pequeña diferencia, un pequeño delta entre el volumen del aire inspirado y expirado, cambios infinitesimales en la relación O/CO/CO2 de la primera capa de la atmósfera. Mishima dice (no cito textualmente) que el suicidio vale únicamente para las personas jóvenes. Pasada una edad, uno ya no va a dejar un cadáver hermoso. Después de un tiempo, uno se va, por así decirlo, “ensuciando” con la vida, con esa serie de acontecimientos feos, chiquitos. El suicidio joven es la tragedia de lo que no sucedió, mientras que pasada la primera juventud, el suicidio es el intento de separarse de lo mal hecho. Pero no hay manera de separarse de eso. Uno ya existe, ya fijó su imagen en las miradas de otros, ya hundió su dedo en el implacable cemento fresco de la fealdad. De ahí no hay retorno. Es desconsolador.
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