lunes, 13 de noviembre de 2023

SESION 1

El doctor Mondemer se daba cuenta que la situación había escalado a un nivel estético -y peligroso- que ya le resultaba insostenible. El problema principal era no poder bajarse del 59. Se había subido en Puente Saavedra como por inercia, sin evaluación previa, cooptado por una maniobra reflejo en uno de esos momentos urbanos en los que la velocidad del mundo y una sumatoria de arteras concomitancias superan las previsiones de una mente correcta, instándola al error. Para colmo, ya al abordar el bondi, inflamado de humanidad, se había insinuado como un importante imbécil: le preguntó al chofer en voz alta -y con un acento de indisimulable galleguidad- si podía pagar con un billete de 100 euros. El conductor lo estudió en silencio, junto a un creciente racimo de ojos cercanos que fueron uniéndose al evento, con esa curiosidad plebeyamente morbosa con la que se da like a un video muy estúpido. Alguien le explicó algo que no llegó a decodificar, acostumbrado a dicciones académicas y frases certeras. Otro, un señor corto que parecía dar saltitos para alcanzar el horizonte de sucesos, le señaló un cartelito pegado a la puerta: la foto de un objeto azul, probablemente plástico, rectangular, que le recordó, lejanamente, a la flamante credencial de seguridad que utilizaba para ingresar al Departamento de Criptología de la Facultad de Ciencias Exactas de la UBA. Como no supo más que devenir quieto y confundido, la propia dinámica de los pasajeros lo fue arrojando a coordenadas más interiores del vehículo, disculpado en un sentido tácito del pago del boleto, en medio de risas y chistes y palabras que tampoco comprendió bien, teniendo la impresión de que esa gente no hablaba español, o bien lo increpaban en un dialecto mestizo, de muy mal gusto, decididamente anticuado y crepuscular. 

Recordó, en tanto “lo sentaban” en una butaca compartida, del lado de la ventanilla, promediando el pasillo, acaso por compasión aunque más probablemente merced al azar indiferente que el universo da a sus objetos cuando los mueve, una serie de advertencias veloces, vertidas por su colega, la analista Mariana Fursteinn, en relación a éste país que ahora habitaba: “la Argentina carece de casi todos los recursos básicos a los cuales un ciudadano del primer mundo está acostumbrado disponer” le había dicho esa mañana, mientras lo ayudaba con la papeleta a registrarse en el hotel, “lo cual es un detalle muy menor si se considera que el bien más valioso y, por lo tanto escaso, aquello imprescindible que, no obstante, casi nunca ha poseído nuestra patria, es la coherencia”. Y sumó otras recomendaciones adicionales que, dado el permanente nivel de abstracción intelectual al que el doctor Mondemer siempre suscribía, ahora lamentaba mucho haber desestimado.

En tanto se acomodaba en esa suerte de claustro breve, avaro, cuya topografía incluía un asiento duro, incómodo, inclinado hacia atrás, curtido de bulbos puntiagudos que le jaqueaban las nalgas; mientras se anoticiaba de mangos o manijas flojos, pasamanos de filosas aristas y otros artilugios metálicos que, suponía, debían cumplir funciones de soporte, agarre o sujeción incomprensibles, recordó que, para colmo, llevaba el prototipo del Controlzeto en el bolsillo del pantalón. Como pudo, arrastró la mano sobre el muslo derecho y confirmó la presencia del frágil dispositivo. Menos mal que aún seguía allí, misterioso y secreto, como un provisional animalito que le hubiesen obligado a adoptar. Con sumo cuidado, lo extrajo para chequear su funcionamiento. Estaba montado -ingeniosa aunque precariamente- en la carcasa de un iPhone 10 XS Max, por lo que no levantaba ninguna sospecha sobre el vulgo concomitante salvo, claro está, que se prestara atención a la serie de datos estrafalarios que, inmediatamente desbloqueado, comenzaban a advertirse en el display. El COCNE, por ejemplo, que era el más crítico, insinuado en color rojo junto a un jocoso iconito de “radioactividad”, daba cuenta de una variable de rango establecido entre 0 y 1, utilizada para arribar a una suerte de hipótesis de contraste, es decir, la probabilidad (p) de que el dispositivo se hubiese utilizado o no en algún momento del pasado (mp). Si COCNE era mayor a 0.51, entonces, el consenso académico asumía que el sujeto portante había iniciado la retroversión (rv). 

A decir verdad, el doctor Mondemer estaba bastante fastidiado con la situación general de su viaje. Ni bien llegado a Ezeiza, apenas cuarenta y ocho horas atrás, comprendió qué pésima idea había sido la de volar a éste país de gente oscura y arrabalera, cuya mayoría esgrimía desconfiadas facciones aindiadas y gestos barbáricos. Si bien el paper que recibió por mail desde el dominio de la facultad de ciencias exactas y la insistencia de Mariana Fursteinn (que suponía titular de cátedra cuando, en rigor, luego advirtió que era, a lo sumo, una simple auxiliar) fueron convincentes cada uno a su manera, ahora, en la aberración concreta de la realidad tercermundista, vistas ciertas groseras inconsistencias metodológicas emanadas de la poca gente que integraba el proyecto, en fin, la evidente falta de recursos económicos y técnicos y, además, la escasísima edad de todos ellos, lo instaban a irse, olvidar todo aquello, una pesadilla que ya se le insinuaba inevitable a su vigilia profesional.

 (continuará.. espero)

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